martes, 21 de diciembre de 2010

El timbaler del Bruc

En 1808, con España levantada en armas contra el invasor francés, se fraguaron algunos de los grandes hitos de la historia militar española. Uno de ellos está relacionado con una leyenda muy arraigada en Cataluña: el timbaler del Bruc.

Tras el 2 de mayo de 1808, la rebelión de los madrileños se difunde por todo el país y es vista como un ejemplo a imitar por la población que se organiza en movimientos populares.  

El 6 de junio, con el objetivo de ocupar Manresa e Igualada, unos 3.800 soldados franceses marchan sin encontrar resistencia, comandados por el general Schwartz, llegando a la altura de El Bruc donde son atacados por la ejército español (contaba con combatientes suizos y somatenes catalanes) que aún estando en inferioridad numérica consigue la victoria pasando a considerarse la batalla del Bruc como la primera derrota de las tropas napoleónicas.

Cuenta la leyenda que un joven de nombre Isidre Llussá i Casanoves, nacido en Santpedor, se puso al frente de la resistencia ayudado únicamente por un tambor, instrumento que solía usar en las procesiones de Semana Santa. El eco del sonido del tambor al chocar con las paredes de Montserrat hizo creer a los franceses que el número de soldados españoles era muy superior al que realmente había.

Días después tuvo lugar la segunda batalla del Bruc, donde las fuerzas francesas volvieron a toparse con la resistencia española. Esta nueva derrota acabó por enterrar el mito de la invencibilidad del ejército napoleónico. El pueblo del Bruc revive, cada año, con intensidad y con emoción esta fiesta, donde se reproducen con todos sus elementos estos sucesos que pasaron a la historia tanto de El Bruc como de todo el país.

Mañana se estrena un film protagonizado por Juan José Ballesta y dirigido por Daniel Benmayor cuya trama se desarrolla partiendo de estos hechos. Esperemos que no sea otra deshonrosa muestra del cine patrio y esté a la altura de esta leyenda.

Tráiler de Bruc, el desafío - www.youtube.com


viernes, 10 de diciembre de 2010

El decálogo del txikitero

Imagen: txikito.es
Publicado el 11.10.10 por Jon Uriarte en su sección Bilbainos con diptongo de El Correo.

No son raza ni especie. Pero son nuestros y están en vías de extinción: los txikiteros. Dícese de ese grupo de personas que, en cierto rincón de la vieja Europa, recorren bares y tabernas de vino en vino. Hoy, como cada 11 de octubre, tienen una cita con la amatxu de Begoña. Hay dos ramas. Los que cantan siempre y los que cantan a veces. Los primeros han pasado al imaginario compartido. Los segundos pasean aún por nuestras calles. Y ambos conforman un mundo de claroscuros. Hablemos pues de lo bueno y de lo malo. Para empezar, el txikitero solo bebe vino. Lo que le diferencia de ese otro grupo llamado cuadrilla. Nunca come. Aunque le inviten. Eso sí, beber, bebe. Pero como sin ganas. No se le verá emocionado ante un vino. Es una excusa para hacer senderismo tabernero. Por eso exigen que sea el de poteo. Reservas, jamás. Los puristas rechazan hasta el cosechero. En cuanto al vaso, ya casi ha desaparecido el creado 'ad hoc'. El Jennifer López de los vasos. Un hermoso culo que dejaba un escueto espacio para el vino. El justo y necesario, por otro lado. Nunca fue el txikitero amigo de tragos largos, sino de uno corto y solitario. El adecuado para poner punto y aparte y cambiar de parroquia.

Hablemos ahora de sus componentes. En un grupo clásico, de cuatro a ocho. Pero no hay norma escrita, ni ley sagrada. Y si entrar no es fácil, salir es más difícil. La ley txikitera dice que, el que se incorpora, paga. Y luego se sigue la ronda. Las tertulias tratarán sobre el botxo, el pueblo de turno, la gastronomía, el tiempo o el Athletic. Prohibidas, política y religión. Los chistes, sobre todo los verdes, en voz baja. Las carcajadas, altas y abiertas. Y los cánticos, cerrados. Puedes reír con ellos, pero no les chafes el tono.

El txikitero opinará de cualquier tema aunque no tenga ni idea, algo muy de Bilbao, pero jamás sobre intimidades. Se han dado casos de txikiteros que 50 años después desconocen el estado civil del resto. Discreción ante todo. Acudirán siempre solos, tengan o no pareja. Algunos, son grupos de chicos viejos. Conocí uno al que llamaban 'El tren de la esperanza'. Cada cierto tiempo perdía un vagón que había encontrado estación. El resto seguía su recorrido diario a la espera de posibles paradas.

En cuanto a dosis y horarios, tenemos dos grupos. De Primera y de Champions. Llamaremos de Primera a los que quedan a eso de las siete y se retiran hacia las diez. Total de potes: de 25 a 30. Y luego están los de Champions. Que salen, además, durante lo que llaman mediodía. Periodo comprendido entre la una y las tres. Total, sumadas ambas salidas, de 40 a 50 potes. Pero se han dado casos de entre 70 y 80 al día. Lo que nos lleva a uno de los puntos oscuros. Alcoholismo, enfermedades y muerte por exceso de combustible. Son muchas las familias que lo han sufrido. De ahí que la imagen del txikitero a más de uno y, sobre todo, de una le produzca inquietud y tristeza, cuando no disgusto o enfado.

Por fortuna, hoy en día llevan usos y ritmos más taimados. Algo que agradecerán también sus bolsillos. Podrá subir un euro el café o cinco el cubata. Pero que a nadie se le ocurra subir un céntimo el pote. Si en vez de sindicatos se sentaran en la mesa los txikiteros, patronal y gobierno sudarían la gota gorda.

Vivimos la era de lo políticamente correcto. Todo debe tener lógica y sentido. Quizá deba ser así. Pero quienes pertenecemos a la generación que cambió usos y costumbres, cortando al hacerlo cordones umbilicales ancestrales, les debemos un gesto cómplice. O, al menos, un respeto. No en vano, estamos hablando de nuestros txikiteros. Bilbainos con solera y diptongo. Paisanos de pro que llevan con orgullo, entre la ría y el cielo, la banda sonora de nuestra villa.


+ Información: El txikito y el txikiteo como expresiones de la cultura tradicional

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El Tigre de Deusto

Imagen: www.byco.es
El bilbaíno barrio de Deusto posee uno de los edificios más emblemáticos de la villa. Construido en 1941, fue destinado a albergar la fábrica, oficinas y local de exposición de la empresa de correas de transmisión "el Tigre" y está coronado, como no, por un felino de 9 metros de longitud que fue esculpido 2 años más tarde por el arquitecto Joaquín de Lucarini.

La escultura fue encargada por Miguel Mendizabal, propietario de este edificio convertido hoy en viviendas, para asegurar que sus correas eran potentes y resistían cualquier imprevisto. Hay quien también sostiene que el dueño tuvo algún encontronazo con la burguesía local y se vengó coronando su fábrica con una fiera que ruge día y noche.

Imagen: www.gurebilbao.com

martes, 23 de noviembre de 2010

La orchilla. El tinte púrpura canario

Hubo una época en la que el color púrpura estaba relacionado con conceptos de distinción y poder pues tanto reyes como altos miembros del clero y la nobleza no sólo portaban capas púrpuras sino que tapizaban en sus palacios todo tipo de enseres (sillas, alfombras, cortinas, etc.) de este bello color.

Los fenicios, extraordinarios navegantes, fueron los primeros que lograron producir un tinte púrpura, llamado “púrpura getúlida”, cuya elaboración mantuvieron en secreto. Durante sus viajes siempre ocultaron la situación y características de los territorios colonizados más allá de las Columnas de Hércules, ya que de ello dependía el monopolio de su comercio y podemos pensar que establecieron pequeñas colonias en las Islas Canarias. Es atribuible a los fenicios el nombre por el que se conocieron estas islas en la Antigüedad, «Campos Elíseos», Islas de la Felicidad o Islas Afortunadas.

Imagen: www2.ac-lille.fr
Hoy sabemos que los fenicios obtenían el tinte púrpura a partir de una secreción mucosa de color amarillento que poseen ciertos moluscos de los géneros Murex y Purpura muy comunes en el Mediterráneo pero escasos en las Islas Canarias por lo que tuvieron que buscar otro elemento productor de un tinte púrpura: la orchilla. La orchilla o roccella canariensis es un liquen de color negro con manchas blancas que crece en las rocas en acantilados costeros gracias a la humedad atmosférica y al salitre marino. Tarda unos 6 años en llegar a su estado adulto y hay unas 13 especies en las islas.

La elaboración del tinte requiere un proceso químico bastante complejo. El liquen una vez seco y convertido en polvo se mezcla con orines (por su contenido en amoniaco) y después con cal. Esta mezcla se remueve cada dos horas durante tres días manteniendo el recipiente tapado. La pasta resultante cogerá un color rojo a los ocho días, lo que es señal de que ya puede ser utilizado como tinte.

La importancia de esta planta en las Islas Canarias, que llegaron a conocerse como Islas Purpúreas, se reactivó después de la conquista de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro por el caballero normando Jean de Béthencourt quien vendía la orchilla en Florencia a precios muy ventajosos haciendo de ésta un negocio muy rentable. A partir de entonces y hasta el siglo XVIII se intensificó el comercio de la orchilla llegando a ser el tercer producto de exportación del archipiélago agotando gran parte de esta comunidad liquénica. Esta escasez unida a otros factores como la aparición de otras plantas tintóreas o la exportación de la orchilla en Perú y Chile a precios más bajos acabaron a principios del siglo XIX con el auge de este negocio.

Faro de Punta Orchilla - El Hierro (Islas Canarias) www.panoramio.com  
Fuentes:  

lunes, 15 de noviembre de 2010

El bandido tragabuches

Texto e ilustración publicados el 14.11.10 por Martín Olmos en elcorreo.com

Mediando una apuesta de las que se cruzan cuando se han bajado los dos o tres pellejos de pitarra, un paisano de Arcos de la Frontera perdió una bolsa de reales por menospreciar el estómago de un gitano, que, como todo el mundo sabe, lo diseñó Dios sin costuras. Del que palmó no ha quedado el nombre, ni si le hizo gracia perder (que es de suponer que ni pizca), el gitano era el maestro Ulloa, chalán de caballerías y padre del futuro bandolero, que se embolsó la plata por merendarse la cría de un asno en adobo, desde la crin del rabo hasta el hocico, arreos aparte, mojándolo con un azumbre de vino de pelea. Además de los parneses, aquella tarde de hazaña, el gitano Ulloa se ganó también el nombre de Tragabuches, porque en las riberas del Guadalete le dicen buche al pollino, y el apodo se quedó en la familia y lo heredó, a falta de otros posibles, su hijo José, que nació en 1781. No se sabe si heredó también el apetito vigoroso del padre (no se le conoció ninguna gesta de Pantagruel y parece que gastó el tragar decente pero no ciclópeo) pero sí la responsabilidad de llevar el apellido Ulloa con decoro porque era de castellano nuevo -el original paterno era Balcázar- y la familia lo había abrazado cuando el niño tenía tres años al acogerse a la Pragmática promulgada por Carlos III en 1783 que permitía a los gitanos elegir un nombre y ser ciudadanos de derecho a condición de renunciar al idioma caló, a la vida nómada de oso y carretera y a decir la buenaventura en los recodos de los jardines moros, es decir, a condición de renunciar a ser gitanos.

En cualquier caso nació José zaíno y ojinegro, y con el alias ganado, en Arcos, en la provincia de Cádiz, pero le hicieron la crianza en Ronda, en donde le apadrinó Bartolomé Romero, de la estirpe de los toreros rondeños que había fundado don Francisco Romero y Acevedo, inventor de la lidia a pie. Viendo el hombre que al muchacho le iba más el albero y la chaquetilla de alamares que el catón y las cuentas le metió en la escuela de tauromaquia de la Real Maestranza de Caballería y le recomendó al maestro Pedro Romero, que le enseñó un toreo severo y formal, sin jolgorios para el tendido, un toreo de faenar con seriedad y calma. A los veinte años empezó de banderillero en la cuadrilla de Gaspar Romero y en seguida llegó a sobresaliente y a ganar duros con el arte, y en 1802 tomó la alternativa en la plaza de Salamanca. Ya de matador se hizo gitano pinturero, invitador de mesón y aficionado al cigarro colonial y a las chaquetillas con adornos de barbotina y caireles y se amancebó con María, la Nena, la hembra más guapa de Ronda, que además era flamenca y cantaora. A José no le faltaban los duros para convidar porque los que no ganaba en la plaza los conseguía en el contrabando de paños de Gibraltar que La Nena chalaneaba con las comadres. La vida le iba rodada al gitano Tragabuches, con tardes de claveles en la arena y noches de guitarra y venencia en el bodegón, pero la fortuna, que decide el porvenir de los hombres, juega con naipes sin marcar y lo mismo levanta un rey de oros que el as de palos y a José Ulloa le salió la yegua tropezona, la mujer puta y la navaja madrugadora, y con esa timba se tuvo que quitar de la mesa y coger el monte bandolero. Los rasgaos de la guitarra cantan, en las noches de fogata, por jornadas que amanecieron torcidas y pusieron a hombres buenos a la merced del camino.

Un tropiezo en el camino
El día que al Tragabuches le cambió la suerte se despertó pintando de gloria, era primavera de 1814 y Ulloa tenía contrato para torear un mano a mano con su compadre Pachón en una de las tres corridas que se iban a celebrar en Málaga para festejar el regreso a España del rey Fernando VII. A la buena mañana ensilló su yegua, que era castaña parveña, se cruzó al hombro la manta serrana y cinchó en la alforja los trastos de matar, se calzó calañés y polaina de becerro y salió de Ronda con la rienda larga para rendir más rápido el viaje. Cabalgadas dos leguas la montura se encabritó y se puso de manos y el jinete dio con el lomo en el camino y se mancó el brazo izquierdo. A duras penas subió de nuevo a la silla y se le quitaron las ganas de torear, volvió grupas y regresó a Ronda.

Se sabe por San Pablo que caerse de un caballo cambia la idiosincrasia, pero llegar a casa antes de tiempo y sin avisar acarrea consecuencias imprevisibles y es más conveniente anunciarle a la parienta que se llega antes para que el barragán se escape por la ventana y que todos duerman tranquilos. El Tragabuches entró en su casa sin llamar, iba buscando consuelo y se encontró a la Nena nerviosa, la cama revuelta y al sacristán escondido. Dentro de una tinaja en la que guardaban el agua de beber se ocultaba el acólito de la parroquia, un chaval que le decían Pepe el Listillo, que hacía los oficios de la misa, el honor al apellido y confesiones a domicilio, a lo que parece. Ulloa le sacó del flequillo, con el calzón a medio poner, y le rebanó la corbata con una navaja de cachicuerna y hoja de rejón. Después, con el brazo bueno, tiró a María la Nena por el balcón y la mujer murió en el acto al abrirse la cabeza contra el empedrado de la calle. Cogió el gitano pan duro y tasajo, para el viaje, dos escopetas de cazar y una camisa limpia y bajó a ordenar la ropa del cadáver de su mujer para que el vecindario no le viese los cueros, le besó la frente fría y se echó a la sierra, a robar, para que no le diesen horca.

Los Siete Niños de Écija no eran siete, que a veces fueron el medio centenar, solo cuatro eran de Écija y no eran niños porque ya tallaban ropa de hombre, empezaron de guerrilleros contra el francés y derivaron en el bandolerismo de camino. Desde 1812 hasta 1818 dominaron la carretera entre Córdoba y Sevilla y eran generosos de pólvora y escarmiento de puñal, dejaban muertos en la vereda y no se paraban en chicas. Su primer capitán con cartel fue Pablo Aroca el Ojitos y el Tragabuches se juntó a su cuadrilla recién subido a la sierra. El gitano sabía sacarle los quejidos a la guitarra y dicen que cantaba en la cueva una copla que decía: «Una mujer fue la causa/ de mi perdición primera./ No hay ningún mal de los hombres/ que de mujeres no venga». Los escopeteros del rey acabaron con la cuadrilla en 1818 y los que quedaron con vida aseguraron que el gitano Tragabuches era el más sanguinario de la banda, y sin embargo, nunca fue detenido y su rastro se perdió con el viento de la sierra. Su entrada en 'Los Toros' de Cossío la escribió Miguel Hernández pero su final, por misterioso, se puede novelar con desparpajo e inventarle una huida a Las Indias, una mujer en Portugal o una muerte, de tantas, en una riña de mesón, una noche de vinazo y zapateado. 

Tema extraído de la poesía 
"Diligencia de Carmona" de Fernando Villalón 
donde se nombra a Tragabuches.
 

domingo, 14 de noviembre de 2010

El silbo gomero

Cultivo en terrazas de La Gomera
Cuando los primeros conquistadores europeos llegaron a La Gomera en el siglo XV, sus habitantes, limitados por la accidentada orografía de la isla, ya utilizaban para comunicarse entre sí un método inusual que ha pervivido hasta nuestros días. Este lenguaje silbado reprodujo la lengua de los aborígenes hasta que la castellanización de la isla hizo que, en lugar de desaparecer, se adaptase al castellano para el mismo fin: la comunicación a distancia.

El silbo gomero se convirtió, hasta la primera mitad del siglo XX, en el lenguaje utilizado habitualmente, también en otras islas del archipiélago, para transmitirse órdenes, enviar noticias de una población a otra, para convocar a la población dispersa o para comunicar la desaparición o el fallecimiento de una persona; en fin, para todo lo relacionado con la vida cotidiana y otro sucesos excepcionales.

La segunda mitad del siglo XX trajo consigo una profunda depresión económica lo que unido a otros factores como la aparición de modernos medios de comunicación y el cambio en los modos de vida tradicionales motivó la decadencia de su uso. A finales de los años ochenta esta situación de abandono cambió y empezó a promoverse desde instancias oficiales la uilización de este sistema de comunicación.

En 1998 se aprobó en el Parlamento de Canarias una proposición que instaba al Gobierno de Canarias a que incluyera el silbo de La Gomera en el sistema educativo de la isla gracias a la  cual se convirtió en una asignatura más de los colegios de enseñanza Primaria y Secundaria Obligatoria.  

El Silbo Gomero poseedor de un valor excepcional como simbolo de la cultura popular de La Gomera fue declarado el año pasado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Esta distinción junto con las medidas de revitalización adoptadas por el Gobierno de Canarias serán fundamentales para preservar la continuidad de su implantación en la sociedad del siglo XXI.



+ Información: www.silbogomero.com.es

lunes, 8 de noviembre de 2010

A cascarla a Ampuero

Hospital de Basurto
Publicado el 25.10.10 por Jon Uriarte en www.elcorreo.com

El legendario jugador del Athletic Pichichi, es famoso por cuatro cosas. Por ser uno de los primeros goleadores de la historia, llevar un pañuelo de cuatro puntas sobre la cabeza, marcar el primer gol rojiblanco en San Mamés y por la forma en que murió. Víctima de una intoxicación de ostras. No podía ser de otra forma. De ahí que no sea raro escuchar, «de morir, como Pichichi». Es uno de los mensajes que llevo recibiendo desde que publicamos aquí el artículo 'El idioma del botxo'. Son lectores que me animan a que escriba una segunda parte dedicada a los dichos y refranes de la villa. Y he de decir que me han ayudado a recopilar algunos como, «De Zorroza cañeros y de Deusto tomateros». Quien más quien menos sabe que los deustoarras lucían hermosas huertas con tomates. Pero lo de Zorroza… El último cólera que azotó Bilbao tuvo poca incidencia en este barrio. Dicen que se debió a que bebían mucha caña procedente de los barcos que arribaban a su puerto. En la esquina de la calle Pelota con Santa María hay una estrella en el suelo que marca el único punto de la Siete Calles desde el que se puede ver la aguja de la Basílica de la Virgen de Begoña. De ahí que, «Te voy a poner mirando a Begoña» sea una amenaza que significa que te van a dar tal sopapo que, estés donde estés, vas a ver Begoña… y las estrellas. Fuera del botxo, encontramos otros como «Tengo más hambre que los patos de Conde». Parece que en Sodupe había cierto paisano que no se caracterizaba por llenar el estómago de sus ánades. En el Gran Premio de Primavera de Amorebieta, un vecino llamado Putxades, se apostaba en el alto de Autzagane. Cuando veía que se acercaban los ciclistas, bajaba hasta la localidad y cruzaba la meta. Los zornotzarras sabían que eso significaba que los verdaderos corredores estaban a punto de llegar. De ahí que, si se les hace tarde, digan eso de «Vamos, que llega Putxades». Pero volvamos a Bilbao.

«Te van a pagar en chapas de la balco». La Balcock Wilcox, empresa de Trapagaran, pagaba parte del sueldo en chapas que se podían emplear en la cantina de la compañía. Pero, fuera de allí, carecían de valor. «Tienes más jeta que Pitarque» ha sido siempre una forma de referirse a alguien que, siendo gorrón, luce gracia y arte. Fue Pitarque un paisano que, por armas, llevaba buen traje y mejor jeta. Y por víctimas, todo aquel que organizara un banquete, en especial, si pertenecía a la oligarquía de Bilbao y Neguri. No había boda en la que no se colara. De hecho, el acontecimiento perdía caché si no se presentaba. Cuentan que un comensal intentó hacer una gracia a costa de él. Tras el caldo de turno, sirvieron pollo. Y entonces, el gracioso exclamó -¡Lo que hagas con ese pollo, lo haré yo contigo por gorrón!-. Pitarque lo miró y ante la atenta mirada del respetable levantó su dedo meñique y lo introdujo en el culo del pollo. Imaginen las risas de los invitados y la cara del chistoso. Dicen que, hospitalizado, y ya en las últimas, al ser preguntado por su profesión, respondió, «cañonero». Y desde luego, cañones dejaba.

«¿Trabajas en Iberduero o qué?». Que levante el dedo quien no lo haya escuchado al dejarse una luz encendida. O «Ese no la mete ni por el arco de San Mames». La de jugadores que han sufrido esta sentencia. Y la más curiosa: «A cascarla, a Ampuero». Toda la vida pensando que tenía que ver con la localidad cántabra y resulta que la respuesta estaba más cerca. A finales del XIX, el Dr. Areilza promovió la construcción del Hospital de Basurto. Las aportaciones llegaron de familias como los Allende, Iturrizar…Y cada pabellón se dedicó a una especialidad. Salvo el Ampuero. En él ingresaban a los desahuciados. Vamos que, si entrabas, tenías todos los boletos para no salir. Pero de cascarla hablaremos el próximo lunes, que por algo es el día.

domingo, 31 de octubre de 2010

¿La tumba de Santiago o de Prisciliano?

Catedral de Santiago
Cuenta la tradición que el cuerpo del apóstol Santiago (del latín Sanctus Iacobus), tras ser decapitado en Jerusalén por órdenes de Herodes Agripa I fue subido a un barco desde Judea y llevado a Finisterre, donde fue enterrado. Según esta tradición, a principios del siglo IX un ermitaño llamado Pelayo vio unas luces cerca de un bosque. Unas voces angelicales le dijeron que fuera allí. Extrañado por los sucesos acudió a Teodomiro, el obispo de Iria Flavia (Padrón) para pedir consejo y este mandó investigar los fenómenos encontrando un monumento funerario donde se hallaron las reliquias atribuidas al apóstol. Este descubrimiento supuso una serie de beneficios como fue la cristianización de la antigua Vía del Finisterre, ruta seguida por muchos pueblos de religión céltica hasta el pretendido fin del mundo, y su conversión en el Camino de Santiago o Ruta jacobea, haciendo de Compostela el tercer núcleo de peregrinación medieval, tras Roma y Jerusalén.

¿Tumba de Santiago?
Al margen de la teoría oficial, ha renacido con fuerza en los últimos años la hipótesis de que quien descansa en la catedral compostelana no es otro que Prisciliano, un obispo en la Hispania del siglo IV y probablemente oriundo de Gallaecia, capaz de liderar una corriente espiritual que defendía el retorno al cristianismo primitivo. Prisciliano se convirtió, junto a varios seguidores, en el primer hereje ajusticiado por el gobierno secular en nombre de la Iglesia Católica, cuyos restos fueron llevados a hombros desde Tréveris (Alemania), a través de la Galia y recorriendo supuestamente un itinerario que con el paso de los siglos se convertiría en el hoy popular Camino de Santiago hasta llegar a su tierra natal, Iria Flavia.
  
Estas dos teorías diferentes para unos mismos restos me llevan a pensar... ¿Quién descansa en la tumba, Santiago o Prisciliano? ¿Son los restos del apóstol una invención utilizada para conjurar a la cristiandad contra la amenaza árabe que invadía la península? ¿Por qué no hay documentos históricos que atestiguen la muerte del Apóstol Santiago en España? ¿Por qué nunca se han hecho a los restos las pruebas del carbono 14, para disipar las dudas? 

Sea como fuere, recomiendo hacer el Camino de Santiago, origenes aparte, y disfrutar de la belleza de un recorrido repleto de cultura y naturaleza que te dejará un recuerdo imborrable. 

+ Información: www.caminosantiago.com
 

martes, 26 de octubre de 2010

Marcos Rodríguez Pantoja. Un niño entre lobos

El próximo mes de noviembre se estrena la película "Entrelobos" basada en la vida de Marcos Rodríguez Pantoja. Esta es su extraordinaria historia recogida por www.elmundo.es

Cuando quedan atrás las horas entre peñascos, hierbas y agua del río; cuando el cuerpo pide un trozo de pan, otro de panceta y un trago de vino; cuando desaparecen de la retina imágenes y del oído sonidos desconocidos para un urbanita, es entonces cuando surge la verdad de la historia. «Los animales son mejores que las personas».

A Marcos Rodríguez Pantoja lo vendió su padre, Melchor, como quien vende un perro cuando se convierte en un estorbo. Marcos tenía siete años, quizá uno más o uno menos. La memoria le flaquea y para el caso es lo mismo. Lo vendió Melchor a un pastor de Sierra Morena. Por aquel entonces —y aquel entonces era 1953, porque Marcos nació el 7 de junio de 1946— era algo normal que familias sin posibles colocaran a los hijos allá donde les dieran algo de comer y les enseñaran un oficio. Marchó Marcos rumbo a la sierra con ese pastor, Damián. Aprendió a cuidar las 300 cabras, a cazar, a buscar comida, a hacer fuego y a estar solo. Un día Damián salió a cazar un conejo. Le dijo que lo esperara en la cueva. Nunca más volvió. El pastor no regresó. Marcos no supo nunca más de aquel hombre. Se quedó solo. Era un crío. De vez en cuando recibía la visita del dueño de las cabras, que le llevaba un pedazo de pan. Pero nada más.

Empezó así la vida de Marcos entre lobos. «Un día oí ruido detrás de unas rocas. Me acerqué y había unos lobeznos. Les fui a dar comida, a revolcarme con ellos… Vino la loba y lanzó un mordisco… Me fui… Un día estaba en la cueva y entró la loba. Yo me fui al fondo… Creía que me iba a comer… ¡Como antes me había atacado! Pero me dejó un trozo de carne… Me lo iba acercando… Y al final se acercó y la abracé… Y fueron confiando en mí. Yo les daba comida y jugaba con los lobeznos y poco a poco, así, fue como me fui convirtiendo en el jefe de la manada».

Marcos cazaba conejos con pegajosos palos de jara. Los metía en la madriguera y la resina se pegaba en la piel de los animales. O cazaba ciervos con ayuda de los lobos, que azuzaban al venado hacia el río y allí Marcos les daba muerte. A los peces los hacía entrar, a una suerte de cueva que fabricaba en el río. Los peces, atraídos por los restos de los animales muertos que Marcos metía entre piedras, se metían en la trampa. Cuando estaba allí, Marcos soltaba una piedra contra la laja que cubría la cueva y atrapaba a los peces.

Así vivió Marcos días y meses y años. El pelo largo, por la cintura, impregnado del olor de sus amigos los lobos. La piel curtida por el sol y también rezumando ese aroma tan fuerte. Se movía como ellos, vivía como ellos, aullaba como ellos. Cazaba, hacía fuego y descubría sus instintos básicos en soledad. Lo sacó la Guardia Civil del monte cuando Marcos contaba ya 19 años. Un guarda de una finca próxima lo delató y lo prendieron. Lo mandaron para Madrid. Con unas monjas. El mismo día que lo cristianaron lo mandaron al servicio militar. Carne de cañón. Cuando se licenció le recomendaron irse a buscar trabajo a Mallorca. Allá se fue. Y cayó en manos de gente que lo maltrató, que se rió de él, que lo menospreció. A él, que se había criado con lobos.

Hoy, 40 años después, en esta finca de Cardeña, en Sierra Morena, Marcos vuelve a estar rodeado de lobos. Se suben sobre él, lo huelen, lo buscan. Él se tira al suelo, los besa, se siente uno más. Pepe España, lobero de Cañada Real (Peralejo, Madrid) que ha criado a esos cinco animales, no ha visto nada igual en los días de su vida, dice. Se queda impresionado de cómo los lobos se acercan a Marcos y se 'funden' con él sin haberlo visto nunca antes jamás.

A Marcos lo encontró Gerardo Olivares, director de cine, en Galicia. Una labor de espía. Más importante aún: lo encontró porque descubrió su historia, porque le apasionó su historia y porque decidió contar su historia. El sol alumbra este día de rodaje en Cardeña. El equipo mueve a los lobos y Marcos recorre el monte ajeno a la gente. Los animales se acercan a él. Se van. Las hembras en celo. Los machos marcando territorio.

Olivares, cámara en mano, graba lo que se graba el equipo de rodaje de naturaleza, graba las peleas entre lobos, graba a Marcos buscando hierbajos para hacer el ruido de la perdiz. O a Marcos bebiendo agua en el río como sólo bebe agua en el río quien ha vivido entre alimañas. O a Marcos rebozándose por el suelo con una loba. Impresiona Marcos. Impresiona. Se sube a una roca. Aúlla. Los lobos lo sienten, lo oyen, lo rodean. Aúllan. Aúllan todos juntos. «Los animales son mejores que las personas». 

El idioma del botxo

Publicado el 13.09.10 por JON URIARTE en www.elcorreo.com

Perdonen, en qué idioma hablan?». La pregunta nos ha hizo, en agosto del 98, la camarera de un restaurante del Village de Nueva York. Las dos parejas que compartíamos viaje y mesa nos miramos sorprendidos. No recordábamos haber hablado en euskera y la chica era argentina. «En castellano»,le respondimos. «No -dijo ella- eso no era español, era…otra cosa». Y tenía razón. Recapitulando la conversación concluimos que el despiste era normal. «Estoy larri y no quiero mojojones» o «este vino, ni para kalimotxo» o «no seas borono y deja bote», además de los muchos 'pues' salpicados, ayudaban poco a la ubicación del idioma. A eso añadan una lista de palabras, tan gruesas como prácticas, de esas que gustamos llevar en el zurrón los del botxo.

He viajado en el tiempo y en el espacio para recordar, si es que hacía falta, que además del castellano y el euskera tenemos otro idioma: el bilbaino. No aparece en el último sociómetro, ni falta que le hace. Existe. De hecho, guardo como un preciado tesoro, el Diccionario de la Lengua Bilbaina. Hace unos años, compartí con su creador, Juan Echegoyen, aperitivo en el 'Azulito'. Hablamos de lo que en Madrid creen que es txirene o que al güito, por alguna extraña razón, le otorguen significado sexual. Que al balde de agua le digan cubo y al choto, capucha. Y que si llamas trinchera a un tres cuartos impermeable o chamarra a una cazadora no te entienden más allá de Altube. Convenimos que el ¡aupa!, fuera de lo deportivo y según tono, sirve de ánimo o de condolencia. Pero si el giro de cabeza es ligero, conlleva indiferencia. Y así pasamos la tarde. Viendo que somos singulares en lo geográfico, lo léxico y lo ortográfico.

Cierto que en cuestiones gastronómicas no hay región o pueblo que no tenga su propia forma de catalogar verduras, pescados o carnes. Si pides zapatero en Madrid, por ejemplo, no se imaginan que te refieras a una palometa o japuta. El zancarrón se llama morcillo. Las vainas, judías verdes y las alubias, judías rojas. Las rabas, calamares. De la antxoa y su traducción como boquerón no voy a hablar. Hasta en la RAE llevan empanada con el asunto. Pero lo nuestro va más allá de un mero regionalismo. Basta con recorrer 99,8 km para descubrir que, en San Sebastián, al juego del campo quemado, ojo al dato, le llaman brilé y no saben que las bicicletas llevan catalina. Explica tú ahora, por ahí fuera, lo que es el color azul Bilbao.

Por eso, los que pisamos otras tierras, nos reconocemos con un simple saludo, una palabra suelta o un taco arrastrado. Somos capaces, incluso, de ubicar a un paisano en una localidad concreta según llame al bígaro, caracolillo o magurio. Lo que, sumado a lo anterior, demuestra que somos un mundo. De ello escribieron, unas veces con sorna y otras, aunque pocos lo sepan, con evidente interés, ilustres del verbo como Cervantes o Quevedo. Por algo será.

En fin, les dejo que voy para el botxo. Tengo con la cuadrilla una jamada del copón y luego parranda. Invita Javi, el chico viejo que deja de ser birrotxo. Tiene una potxolada de txoko, con los del otxote, en una lonja del kasko llamado 'Los Txirene'. De piscolabis hay antxoas albardadas y rabas. Luego alubias con sacramentos y helau de kukurutxu. Antes, unos potes. Dos rondas de txikitos y zuritos y una espuela rápida, que el pastor del Gorbea dice que va a hacer fresco. Además, el cocinillas es un peste. Absténganse los pichicomas, txotxolos y sinsorgos. Para los trompalaris, que pisan iturri en seguida, prohibido llegar perfumaus. Y el que ande kili-kolo, tranki. Tenemos porrusalda, agua de Bilbao y el teléfono del Igualatorio. Ah, y nada de katxis. De coger castaña, que sea con fuste. En fin pitxines, agur sin más.

martes, 19 de octubre de 2010

Cuenca. La ciudad paisaje

" Cuenca tiene algo de castillo, de convento y de santuario.
Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y guerrero,
ofrece este aire de centinela observador...
Cuenca es un nido de águilas hecho
sobre una roca. "

Pio Baroja.
 
A modo de breve apunte histórico podemos decir que, conquistada por el rey Alfonso VIII en el año 1.177, la ciudad de Cuenca (palabra derivada del árabe Kunka) era, gracias a su situación militar, un emplazamiento defensivo perteneciente unas veces a los reinos moriscos de Sevilla y otras a los de Valencia. Bajo la protección del monarca castellano vive sus momentos de mayor desarrollo y esplendor hasta convertirse en el siglo XVI en un importante centro de industria textil. El hundimiento de esta industria provocado por la Guerra de la Independencia lleva a la ciudad a un proceso de declive general hasta que en la segunda mitad del siglo XIX resurgen las industrias tradicionales y la explotación de recursos madereros acompañados por una mejoría de las comunicaciones prolongando, este resurgir económico, en el siglo XX con la aparición de fábricas de resinas. Tras el paréntesis de la Guerra Civil y la posguerra, se produce el desplazamiento masivo a la parte baja de la ciudad estimulando así un crecimiento demográfico continuado hasta sumar en la actualidad la cifra de 55.866 habitantes (datos del censo de 2009).

Escultura y placa de Alfonso VIII en la Plaza Obispo Valero
El casco histórico de Cuenca, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1.996, se alza orgulloso, sobre una escarpada roca caliza rodeada por los cauces de los ríos Júcar y Huécar. Uno de los emblemas más importantes de la ciudad son las Casas Colgadas que deben su nombre a estar, literalmente, colgadas sobre la hoz del río. Reformadas durante el siglo XX para adecuarse a nuevos usos, exhiben hoy sus renovadas e imponentes balconadas de madera.

Las famosas Casas Colgadas

Acercándose a la parte alta de la ciudad primero por el paseo del Huécar pasando después junto al puente de San Pablo (por el que podemos acceder al Convento del mismo nombre) y las Casas Colgadas, el viajero llega a la calle Obispo Valero (escultura de Alfonso VIII) donde se encuentra el Palacio Episcopal. Edificio de grandes proporciones, empezó a levantarse a principios del siglo XIII aunque en su interior se muestran claramente las diferentes fases de su construcción. De estilo neoclásico, el palacio ocupa hoy en día lo que fueron las casas del cabildo de la catedral y en una de sus alas podemos ver el Museo Diocesano Catedralicio.

Convento de San Pablo y Palacio Episcopal

Ya en la Plaza Mayor, eje central del casco histórico, y adosada al Palacio Episcopal se eleva la Catedral de Nuestra Señora de Gracia. De estilo gótico, fue el primer edificio que se comenzó a construir, tras la conquista de la ciudad, en el lugar donde se emplazaba la antigua alcazaba musulmana y es considerado una de las catedrales más singulares de España. En la misma plaza se erigen igualmente otras edificaciones como el Convento de las Petras o el Ayuntamiento que cuenta con dos fachadas y es poseedor, en su parte inferior, de tres arcos  por los que se accede a la ante plaza.

Catedral y Ayuntamiento

Escenario de las principales fiestas de Cuenca, la Plaza Mayor es también el punto de partida de cualquier recorrido. De visita imperdible también son sus estrechas callejuelas y el contraste de vivos colores de las fachadas de las casas como en la calle Alfonso VIII, por la que podemos descender hacia la parte moderna de la ciudad. Sin embargo, subiendo por la empinada calle San Pedro con casonas señoriales y conventos como el de las Carmelitas Descalzas a ambos lados, seguimos todo recto por la calle del Trabuco y llegamos hasta los escasos restos del antiguo castillo.  
Calle Alfonso VIII y Calle del Trabuco con arco y muralla del castillo al fondo

Este lugar, junto al Archivo Histórico Provincial, es un buen sitio desde donde sacar unas instantáneas acompañados por Fray Luis de León. Espero que este paseo por Cuenca, de la que seguro me quedan por ver muchas cosas (tan sólo tuve una tarde), os incite a visitarla a los que desconozcáis la ciudad y os traiga buenos recuerdos a quienes ya habéis paseado por sus calles.

Vistas panorámicas

Nota: Pinchar en las imágenes para ampliarlas.

+ Información: 
www.vercuenca.com


martes, 12 de octubre de 2010

Tener más orgullo que don Rodrigo en la horca

D. Rodrigo Calderón
Tener más orgullo que don Rodrigo en la horca” es un conocido refrán castellano que esconde tras de sí, además de un ingrediente de falsedad, una interesante historia que os relato a continuación. 

La de nuestro protagonista, don Rodrigo Calderón, es la historia de los bandos cortesanos y las descarnadas luchas por el poder en la corte de la monarquía más poderosa de la época. Miembro de una familia hidalga castellana vinculada a Valladolid, pasó en poco tiempo de ser paje a hombre de confianza del Duque de Lerma quien, a su vez, se convertiría en valido del rey Felipe III, sobre el que tendría una gran influencia.

Hombre ambicioso y sin escrúpulos, no dudó en convertirse en intermediario imprescindible para muchos favores y nombramientos; lucrarse amplia y rápidamente tanto en el aspecto material como en el simbólico de honores y títulos (fue nombrado Conde de la Oliva y Marqués de Siete Iglesias) además de un encumbramiento social conseguido, por ejemplo, gracias a su unión con Inés de Vargas.

Su historia es también la de la corrupción y el abuso en el poder facilitados por un sistema absolutista, aunque, tras el fin político de su poderoso protector, se convirtió en la víctima propiciatoria a través de la cual se quiso castigar a todo el régimen de Lerma. Al acceder al trono Felipe IV y obtener la privanza el Conde-Duque de Olivares, no sólo cayó en desgracia, sino que fue objeto de un proceso en el que, entre otras gravísimas acusaciones, se le imputaba el envenenamiento de la reina Margarita, muerta en extrañas circunstancias.

Condenado a muerte, don Rodrigo subió al cadalso de madera entre el murmullo y la admiración de la concurrencia. No fue ahorcado como dice el dicho sino que, debido a su condición de noble, fue degollado frente a la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor de Madrid. Cuentan que antes se había negado a entrar a la plaza por la calle de la Amargura (hoy Siete de Julio) porque no se sentía un condenado cualquiera, y había abrazado y besado al verdugo que después le cortaría a cuchillo la garganta. Tal fue su entereza que en el tiempo que duró el acto pasó de político corrupto a héroe popular. Incluso los poetas que habían cebado su sátira contra él cuando era poderoso, se rindieron a él tras su muerte.

"En la muerte de don Rodrigo Calderón" por Francisco de Quevedo y Villegas.

Tu vida fue envidiada de los ruines, 
tu muerte de los buenos fue invidiada; 
dejaste la desdicha acreditada, 
y empezaste tu dicha de tus fines. 

Del metal ronco fabricó clarines fama, 
entre los pregones disfrazada, 
y vida eterna, y muerte desdichada 
en un vilo tuvieron los confines. 

Nunca vio tu persona tan gallarda 
con tu guarda la plaza, como el día 
que por tu muerte su alabanza aguarda. 

Mejor guarda escogió tu valentía, 
pues que hizo tu ángel con su guarda
en la gloria lugar a tu agonía.   

 

domingo, 10 de octubre de 2010

Luis Candelas, el ladrón de Madrid

El bandido Luis Candelas, el ladrón guapo y moreno, nació en la calle del Calvario, que era antigua judería, y su padre, como el de Cristo, era carpintero y se llamaba José. Y, sin embargo, el chaval no salió profeta, aunque tenía el verbo y la estampa, y prefirió ser garduño de palanca y tomador del dos, que decían, donjuan, masón, capitán de rufianes y un poco conspirador. A Candelas le vendió un amigo (no ha trascendido por cuántas monedas) y rindió su vida audaz en el garrote, en la Puerta de Toledo y con el calvero lleno de mozas que le lloraron, bendiciendo a su país como Cristo bendijo a los hombres, que era mejor fin que la cruz para un gato madrileño del barrio de Lavapiés. Su vida no la predicaron los santos, ni falta que hizo, sino los rimadores parias de la Cofradía de Ciegos con sus romances bruscos y sus versos calzados a la fuerza. Los ciegos vendían historias al precio de la voluntad porque no tenían otra cosa con la que industriar, la Sala de Alcaldes de Casa y Corte mandaba un extracto de las causas célebres al Hermano Mayor de la Cofradía y éste encargaba a un lírico que las hiciese rapsodias para que sus afiliados las dijeran en la calle. Los ciegos, con su exhibición de truculencias, pasiones finadas a puñal y sacamantecas, fueron la larva de las gacetas de sucesos y los buenos tocaban la zanfonía y les ponían a los hechos matices de su cosecha. Goya pintó a uno con una guitarra, entreteniendo a los aguadores. La pintura, que se colgó en el dormitorio de los Príncipes de Asturias, se puede ver ahora en el Prado y su boceto, al aguafuerte, en la Biblioteca Nacional. El popular tenía el oído atento a los cuentos de bandoleros, los recogía del ciego y los convertía en copla. La de Luis Candelas la acabó cantando Concha Piquer: «Decidle al señor alcalde/ decidle al corregidor/ que yo por Luis Candelas/ me estoy muriendo de amor».

Que Luis Candelas fue ladrón es un hecho sin cuestión, pero no de birle canalla, de trompazo y corrienda en el callejón, sino de tajo fino y golpe audaz, de escalo, palanca y guante limpio, y su faca la llevó cerrada, con la virola al balcón de la faja para que se la viese comparecer y amansar, pero sin estrenarla de sangre porque nunca tuvo la necesidad de robar una vida. También llevó el lujo de la palabra, a la que nunca faltó, quitando las promesas a las damas, que no cuentan, porque son un recurso para enamorar y Dios no las apunta. Ni las damas, si llevan paseadas dos tardes, se las creen. Candelas se echó al robo por afición a la vida valiente, como se podía haber echado al redondel de la tauromaquia, porque no sufrió necesidad y tuvo entre manos la oportunidad de ganar el jornal en la administración. De niño comió a diario, y pasablemente, porque su padre tenía clientela en su ebanistería de la calle Calvario y llenaba el plato en casa con desahogo. Estudió en la escuela de San Isidro, en la calle de Toledo, aprendió las reglas y a leer pero salió contestón y le echaron porque un fraile de latín le arreó un bofetón y Luis Candelas se lo rebotó de vuelta con otro por el interés y allí truncó el bachiller, que lo hizo por libre en los descampados del Campillo de Vistillas, dándose pedradas con la golfería y haciéndose fama de bravo. En aquellas guerras de barrio hizo la cuadrilla que más tarde le acompañó en el jaque: Paco Villena, que le decían 'El Sastre', Mariano Balseiro, que fue su lugarteniente, Leandro Postigo, Luengo 'El Mañas' y los dos hermanos Cusó. En 1823, no obstante, emprendió vida honrada y encontró plaza de agente del fisco primero en Alicante y después en La Coruña y en Santander. Allí enamoró a una dama casada, recibió amonestación por el escándalo y presentó la dimisión. De vuelta en Madrid casó con Manuela Sánchez en 1827, que era mujer pudiente, y volvió a trabajar de ley como cobrador de contribuciones en Zamora, donde consiguió una hoja timbrada que acreditaba su buen comportamiento y una ración de aburrimiento.

Las malas compañías
Se hartó a los seis meses y una noche que nevaba, cerca de la Navidad, dejó el empleo y la mujer y se volvió a la capital, a los amigos viejos y a las amigas nuevas, y se hizo burlador de la ley. Como los padres habían muerto, con los reales de la venta de la carpintería puso casa en el 5 de la calle Tudescos, al lado de la taberna del Traganiños, que era cofradía del hampa, reunió a su antigua compadrada y se puso al birle. Por el día se portaba de señor, gastaba antiparras de concha y terciopelos y se hacía pasar por don Luis Álvarez de Cobos, un indiano que hizo la fortuna en el Perú, que andaba Madrid por arreglar haciendas y en amoríos con la Salvini, la primera cantante del teatro del Príncipe, y que frecuentaba los bailes y las tertulias de liberales, en las que se inició en la masonería que conspiraba contra Fernando VII, el rey ingrato. Por la noche don Luis se convertía en gato, se vestía de pana, se calzaba el calañés y daba el jaque con su cuadrilla.

Traicionado
Candelas no fue un choro del tres ni un bandido de vereda sino un brillante capitán de gente de garra. Una vez limpió una casa de usura de la calle Carretas que decían la Lonja del Genovés, y quien roba a un ladrón, y otra le birló una cartera al embajador de la Francia, monsieur Caulaincourt, y como no contenía más que papeles, se la devolvió como don Luis Alvarez de Cobos, que recibió, en agradecimiento, la Cruz del Mérito Agrícola. Al presbítero Juan Bautista Tárrega le robó cuatro mil reales, la sotana y una cubertería de plata y a la modista de la reina María Cristina, que era francesa y tenía la sastrería en la calle del Carmen, la dejó sin blanca y en enaguas. Al rey Fernando VII no le agachó la bolsa pero le levantó a una querida que le llamaban Lola la Naranjera y era hembra de trapío, dicen que hija de la famosa Tirabuzones, notable ramera que recibía en un lupanar con capilla. Si alguna vez tropezaba duraba poco en el brete y se escapó de la Cárcel de la Villa y de la del Saladero, del penal de Málaga y de una cuerda de presos que iba camino de Ceuta. Pero un día se enamoró, y de moza formal a la que no apetecía una vida de aventuras y guitarra, se llamaba Clara María y quería un hogar con brasero y chiquillos en el patio. Candelas reunió botín para ir colmado y apalabró un barco en Gijón para emigrar a Inglaterra, pero en el puerto Clara María rajó, le cogió miedo a la mar, y el bandido regresó a Madrid. Le prendieron por el camino, un amigo viejo le identificó y le cogieron en una venta en Olmedo. Esta vez resignó su suerte y le condenaron a morir. El 6 de noviembre de 1837 fue ajusticiado en la Puerta de Toledo. La noche anterior, en capilla, pidió un libro de Voltaire y se confesó de mala gana, más por llevar la tarea hecha. En el cadalso dirigió unas palabras al popular, les dijo que había sido un pecador pero que nunca mató a un semejante, dijo «sé feliz, patria mía» y el público lloró, le reparó al verdugo que llevaba un botón descosido y se pusieron al oficio. A Luis Candelas no le levantó estatua Madrid, que le erigió una al demonio en el parque del Retiro esculpida por Bellver, pero en 1949 el torero Félix Colomo Díaz, que también fue estraperlista, le puso su nombre a una taberna que aún abre bajo el Arco de Cuchilleros. 

Publicado el 09.10.10 por MARTÍN OLMOS en El Correo

Concha Piquer - Las coplas de Luis Candelas

lunes, 4 de octubre de 2010

El olvidado Autódromo Terramar

En el término municipal de Sant Pere de Ribes, junto a Sitges, se encuentra el autódromo Terramar, un trazado que tiene el honor de ser el primero permanente de España y el segundo de toda Europa, por lo que debería ser considerado una de las joyas del automovilismo español.

Vista Google Maps
Inaugurado en 1923 y construido en forma de óvalo, con una longitud por vuelta de dos kilómetros, el Terramar acogió el Grand Prix de España, su primer evento. Al concluir, los organizadores no pudieron pagar ningún premio a los vencedores debido a las deudas contraídas con la empresa constructora por lo que la AIACR (Association Internationale des Automobile Clubs Reconnus) sancionó al circuito con la prohibición de celebrar más carreras importantes. Esta sanción, la lejanía de Barcelona y el rápido aumento de potencia en los vehículos, quedándose pequeña la pista, propiciaron su declive hasta que en los años 50 su decadencia era ya irreversible.
 

Curva peraltada del Terramar
Hoy en día permanece en el olvido y completamente abandonado. Quizás algún día alguien se interese por este circuito y se pueda llevar a cabo un proyecto para rehabilitarlo como se merece.


Autodromo Terramar en imágenes - www.youtube.com

Una vuelta por el circuito - www.cochesmas.com


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