viernes, 30 de abril de 2010

El Gigante de Altzo

En 1818 nacía en la pequeña aldea de Altzo uno de los gigantes más altos jamás conocidos. Su envergadura le llevó a formar parte de los “monstruos de feria” o a ser invitado por las más rancias monarquías europeas. Su historia fue sencillamente… fascinante.

Enclavado en el corazón de Guipúzcoa, a 35 kilómetros de San Sebastián, Altzo es un pueblo rodeado de altas montañas y espesos bosques, salpicado de tierras de cultivo y limpios arroyos que descienden entre sus montes. Allí, el 10 de julio de 1818 nació el gigante, en el caserío Ipintza Zarra, lo que se traduciría como “mimbral viejo”, ya que allí se cultivaban extensos mimbrales.

Miguel Joaquín Eleicegui Arteaga fue el cuarto de nueve hermanos y poco se sabe de su infancia excepto que, con 10 años de edad, quedó huerfano de madre. Su juventud fue una época de absoluta normalidad: trabajó en el campo, partidos de pelota vasca y misa los domingos, algo obligado en una sociedad tan religiosa como la vasca. Y más, como se verá, en aquella familia.

La tranquilidad se rompió cuando Miguel Joaquín cumplió los 20 años. Entonces enfermó de un mal desconocido y comenzó a crecer desmesuradamente. En Altzo, la gente acabó por acostumbrarse a su altura, pero aún así, al visitar los alrededores todos se quedaban mirando sus proporciones gigantescas. No era para menos, ya que llegó a medir 2,42 y pesar 203 kilos. Su envergadura también era descomunal, ya que alcanzaba igualmente 2,42 metros desde el extremo de una mano a la otra con los brazos en cruz; y sus pies medían ni más ni menos que 42 cm. Tales datos se han podido conocer con exactitud porque en la iglesia de San Salvador de Altzo aún persisten las marcas que se realizaron a cincel sobre su cuerpo, tanto antes como después de sus exhibiciones.

No extrañará que en un mundo hecho a la medida de la gente normal, Miguel Joaquín se sintiese incómodo, más aún cuando él sólo ansiaba una vida tranquila. Cuando se arrodillaba para confesarse, el cura debía ponerse de pie para acortar distancias; al ir a vender leña a la vecina Tolosa, su busto sobresalía tanto del carro que todos se quedaban mirando su imponente figura…
Quienes le conocieron resaltaban su carácter afable y bonachón, pero también la tristeza que emanaba de él, y sobre todo, su soledad. En algunos de sus escritos llegó a autocalificarse como “engendro de la naturaleza”. Físicamente, era un hombre barbilampiño, delgado y proporcionado, cuando lo habitual en personas tan altas es presentar extremidades desproporcionadas e incluso deformidades. Y trabajador, pues decían que tenía mucha maña para arreglar aperos de labranza y levantar muros separadores de lindes.

De gira por Europa
Miguel Joaquín trabajaba en sus tierras ayudando a su padre y hermanos. Un día a estos se les ocurrió una idea que cambiaría para siempre su vida. Era la época de los llamados “museos de 10 centavos” –tal era el precio que debía pagar el espectador– o shows de rarezas, que atraían a miles de personas para admirar a mujeres barbudas, enanos, seres deformes y, por supuesto, gigantes. Tales espectáculos estaban permitidos, porque aún no se consideraba a sus protagonistas como enfermos. Muchos encontraban en ello una forma de ganarse la vida, aunque también había episodios de esclavitud. Fue el caso de Joseph Merrick, el popular “hombre elefante”, que vivió durante años como un animal enjaulado antes de ser apadrinado por un respetado médico londinense.

La mayoría de estos seres humanos eran reclutados por expertos promotores que iban agrandando sus espectáculos ambulantes. El más famoso de todos fue P. T. Barnum, quien comenzó a exhibirlos a los 25 años de edad, lo que le hizo ganar 1.500 dólares a la semana en pleno siglo XIX.

Además, Barnum compró el Scudder’s American Museum de Broadway, donde mostró, según sus palabras, “500.000 curiosidades naturales y artificiales de todos los rincones del mundo”. Un lugar en el que se mezclaba admiración, repulsa, sorpresa, curiosidad, miedo y fascinación por esas personas.

Es seguro que la familia del gigante conocía esos espectáculos, y por ello quiso ganar dinero mostrándole al público. Así pues, se formó una sociedad integrada por el padre –Miguel Antonio Eleicegui–, el hermano Juan Martín y él mismo; además de otras cuatro personas procedentes de localidades cercanas.

En el contrato se estipuló que el gigante debía estar a disposición de la sociedad durante un año y que ésta le conduciría por las poblaciones que le pareciese. A cambio, la sociedad entregaría a la familia tres onzas de oro, le pagaría todo el tabaco que pidiese Miguel Joaquín y no podrían embarcarle en ningún mar sin su consentimiento. Además, hubo una cláusula que provocaría posteriormente la disolución del contrato. Se concretó que la sociedad debía permitirle asistir a misa todos los días de precepto, no importando el lugar en el que se hallase. Tal era la devoción de la familia Eleicegui.

El contrato se firmó y, en marzo de 1843, con sólo 25 años de edad, ya fue exhibido en San Sebastián. Fue el inicio de un periplo viajero que le llevó a las cortes de la reina Isabel II en Madrid, del rey Luis Felipe en París, de la reina María de la Gloria en Lisboa y de la reina Victoria I en Londres.

Para que aún impresionara más su figura, se le hacía vestir de turco o de general del ejército español. Eran trucos usados en este tipo de espectáculos. El propio Barnum se inventaba historias en torno a sus criaturas para explicar sus deformidades y les hacía vestir de formas pintorescas. El nombre artístico de Miguel Joaquín fue el de “El gigante vasco” si se le exhibía en el interior de España o “El gigante español” si se salía de gira a otros países europeos.

Y aunque Miguel Joaquín nunca formó parte de un circo, durante sus correrías conoció a otros muchos feriantes como él. También a gigantes, pero ninguno de ellos llegaba a su altura, lo que lo convertía en la sensación de cuantos lo veían.

Muerte y leyenda del gigante
La familia del gigante necesitaba el dinero que éste ganaba en sus exhibiciones, pero el padre se enteró de que, en contra lo acordado, a su hijo no se le había dejado asistir a misa en dos ocasiones durante su exhibición en San Sebastián.

Así, su progenitor dispuso todo lo necesario para que se remediara ese hecho mediante compensación económica o se disolviese la sociedad. El fervor religioso podía más que el pecuniario, porque la familia nunca estuvo contenta con las exhibiciones, que denigraban su lado humano. De esta forma regresaron a casa y volvió la normalidad.

Gracias a lo que había ahorrado en sus viajes se arregló la vivienda y el gigante pudo vivir durante un tiempo del trabajo en el campo. Pero el dinero mermaba y las necesidades aumentaban. Tanto que se solicitó por escrito a la Diputación de Guipúzcoa una pensión o el nombramiento de Miguel Joaquín como portero de esa institución. La respuesta fue fría: no había motivos para otorgar una u otra petición.

La merma de su salud le acabó postrando en la cama, donde murió el 20 de noviembre de 1861. Estudiosos de su figura creen que falleció de tuberculosis pulmonar acompañada de numerosos males internos. Tenía 43 años de edad. Con este dato se deshecha una idea popular que aseguraba que el gigante había muerto de hambre, lo que resultaba imposible, ya que los caseríos estaban preparados para sustentar a familias muy numerosas. Pero el mito se extendió hasta el punto de afirmar que Miguel Joaquín era capaz de beber 23 litros de sidra todos los días y comer la cantidad de tres personas, datos que jamás pudieron ser corroborados.

Tras los funerales, su cuerpo fue enterrado en el cementerio Altzo. Pasado el tiempo, hasta el caserío se desplazaron diversos etnólogos con el objetivo de comprar su esqueleto, algo inadmisible para sus familiares, que valoraban mucho más el honor familiar que el dinero. Aún así, ha circulado el rumor de que su tumba fue profanada y sus restos transportados a París o a Londres, donde aún podrían contemplar al gigante, que no dejó descendencia pero sí una fascinante herencia en forma de relatos de viajes que evidenciaban su profunda humanidad.

Fuente: www.akasico.com



Cuarto Milenio - Gigantes

2 comentarios:

  1. Interesantísima historia la de este ser humano que injuntamente fue utilizado por su anormal altura pero que encerraba en sus ojos esa sutil tristeza que alguien parece que plasmó en una reproducción.
    Muy bueno el relato.

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  2. me gusta la historia del gigante

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