lunes, 19 de julio de 2010

Jarabo. Los crímenes de un señorito español


José María Jarabo, el último ajusticiado en España por el garrote vil.

El folclore de París presumía de Landrú y el de Londres, de Destripador, que recortaba de maravilla en la niebla, pero Madrid, de memoria frágil, había olvidado a Luis Candelas y nadie le rezaba un padrenuestro cuando pasaba por la Puerta de Toledo, donde le ajusticiaron en 1837. Como mucho, algún mesón para forasteros llevaba su nombre y ofrecía unos jarrillos de barro en los que ponía «robado en la cueva de Luis Candelas» que acababan, junto al toro de cartón y la flamenca, en el cajón de las cosas que nadie sabe dónde poner. 

Sin embargo, en el andurrial cañí de los chulos de gorra y de las manolas que andaban gritando el nardo, había casi más choros que mendas por lo legal. Estaban las mecheras, que descuidaban el género en las narices de la dependienta, que se había distraído con un quinto de la infantería, que era maño; y estaba el trilero de la sota y los dos ases, ¿dónde está la puta?; y estaban los guindas del autobús; los palquistas (chorizos por escalo); los percadores (chorizos de ganzúa), y el que paseaba la mojosa cuando se le calentaba el Valdepeñas y rendía la tarde con una tragedia. Estaba el pollo aquel que le vendió a un cateto una línea del tranvía y los calorros que mercaban el birle en el Rastro de Cascorro y gritaban el agua cuando asomaba la pestañí. Estaban los artistas del tocomocho y estaba Baroja paseando por el Retiro con el virtuoso detrás, mirando de bailarle el estuche porque le junó, por la boina, pinta de julai flete de aligerar. La villanada de los madriles era de castizal, de chato áspero y porras para desayunar, y no se podía exportar, como los gángsters de Chicago, hasta que llegó el asesino Jarabo, que sabía hablar inglés.

José María Jarabo Pérez Morris era un señorito calavera que nunca sintió la menor curiosidad por madrugar y prefirió enfilar la calle torcida. En su infancia no hubo un padre con la mano larga ni una madre en la esquina, charlando con los marineros, no hubo gazuza ni frío, ni un pariente que estranguló a una monja, sino todo lo contrario: su familia manejaba una fortuna en Puerto Rico y su abuelo Félix había sido magistrado del Supremo. Lo que pasó es que Jarabo salió flojo para el tajo y garufa para la noche. Acabó a duras penas el Bachillerato de pago en el colegio del Pilar, donde estudiaban los hijos de los embajadores, pero sus libros solían dormir en el Monte de Piedad mientras él cerraba los tablaos andando a las lumias. Su madre pensó que le vendría bien un barniz de mundo y le envió a estudiar Derecho a los Estados Unidos, donde Jarabo ensayó un matrimonio fugaz y en lugar de la ley aprendió el hampa de los gringos hasta que le detuvieron por proxenetismo y acabó a pensión completa en el penal de Springfield, en Missouri. Durante un permiso cogió las de Villadiego y volvió a Madrid, en donde se puso a administrar inmuebles de la familia que no tardó en hipotecar para pagar las trampas del burle de las timbas de trastienda y los cañones de gambas y gin-fizz del Chicote y del Morocco. 

Y es que Jarabo era el rey de la noche, era un tarzán que sabía judo y bailar el chachachá, que lucía trajes a medida y endilgaba el verbo facilón de los farsantes, que spikinglis very güel, que presumía de bien macho y de esta ronda la paga un servidor y que si había que pasear la mano para plancharle a uno la jeta pues se sacaba y al reparto. En menos de diez años se fundió quince millones de pesetas en jolgorios, propinas y flamenco, en cocaína, en el naipe y en los caprichos de las hembras, hasta que en 1958 se vio sin un real, con los trajes chulos en el empeño y nadie al que pegar un sablazo. 

Mientras mamá estaba en Puerto Rico pensando que su hijo era un señor, Jarabo, que tenía 35 años, malvivía a caballo entre dos pensiones de mala muerte en las que tenía que dar el esquinazo al casero, estaba nervioso y tenía una pistola. Y entre manos un asunto delicado, un asunto que requería labia y parné y no una pistola y poca paciencia: su antigua amante inglesa Beryl Martin Jones, con la que había mantenido un romance de sábanas de seda del Ritz, estaba en un apuro porque su marido le reclamaba una sortija que ella le había confiado a Jarabo. Éste no había tardado en pignorarla en la casa de compraventa Jusfer, en el 19 de la calle Sainz de Baranda, y ahora no tenía las 4.000 pesetas que le pedían por recuperarla. Félix López Robledo y Emilio Fernández, los socios de la casa de empeños, calculaban sacar 200.000 pesetas por ella y no estaban dispuestos a dejarla escapar por las garantías de pago de un zángano, así que Jarabo cargó su Browning del 7,65 mm. y cogió la calle del medio.
Emilio Fernández vivía en el cuarto piso del 57 de la calle Lope de Rueda. El 19 de julio de 1958, después de la fiesta del Alzamiento, Jarabo llamó al timbre con la uña del pulgar, evitando usar las yemas de los dedos. A él, que se las había visto con el FBI, no le iban a trincar los bofias de la BIC (Brigada de Investigación Criminal), hechos al chorizo de los madriles, que se iba a por la de Albacete cuando se soltaba la gresca y acuchillaba al bulto, dejando un riego de sangre hasta su madriguera, como las migas de Pulgarcito. Le abrió la asistenta, Paulina Ramos, de 26 años, que le dijo que el señor estaba a punto de llegar. Jarabo la apuñaló en el corazón con un cuchillo de cocina y esperó al prestamista. Cuando llegó le pegó un tiro en la nuca y le dejó muerto en el lavabo. La mujer de Emilio Fernández se llamaba Amparo y estaba embarazada de tres meses. Cuando entró en su casa se encontró el cuadro y corrió a encerrarse en su dormitorio pero Jarabo la inmovilizó con un edredón y le disparó en la cabeza. Pasó toda la noche con los tres cadáveres, dispuso la casa para que pareciese que se había celebrado una fiesta que se torció en trifulca y se sopló una botella de chinchón. Salió con el alba, desayunó churros y se fue al cine. El lunes madrugó y se escabulló en Jusfer, entrando con la llave que había cogido de la chaqueta de Emilio Fernández y cuando Félix López Robledo llegó para abrir el negocio Jarabo le bajó la chaqueta hasta los codos inmovilizándole los brazos y le descerrajó un tiro en la nuca. Cubrió la sangre con serrín y registró el local, pero no encontró la sortija y, para no irse de balde, afanó género para ir tirando. 

Le cogieron por presumir. En vez de las migas de Pulgarcito le dejó al inspector Viqueira un traje empañado de sangre, pero es que era un buen traje, cortado a la medida y que le iba como un guante. Lo dejó en la tintorería Julcán, en la calle Orense, explicando que había tenido una pelea con unos yanquis de la base de Torrejón, pero los hermanos García Aguilera pensaron que era demasiada mancha para una camorra de mesón. A Jarabo le calzaron las pulseras cuando fue a recogerlo con una golfa en cada brazo. 

Le juzgaron en la Audiencia Provincial de Madrid, en enero del 59. El proceso congregó más público que una corrida de Las Ventas. Había de todo: cuatro muertos, un golferas de buena cuna y una misteriosa dama inglesa que perdía sortijas. Asumió su defensa Antonio Ferrer Sama, que por primera vez en España esgrimió como atenuante la consideración de que el acusado era un psicópata y, por lo tanto, no era responsable de sus actos. Arbitraron cinco médicos, dos resolvieron que sí pero los otros tres determinaron su cordura y le mandaron al garrote. Fue el último ajusticiado por la jurisdicción ordinaria de la historia de España. Apoyado en el palo dejó de ser chuleta: Jarabo tenía el cuello de un toro y le tocó en suerte un verdugo enclenque que tardó veinte minutos en rompérselo.

17.07.10 - MARTÍN OLMOS - EL CORREO

+ Información: Ver Película JARABO. La huella del crimen.

2 comentarios:

  1. Muy bien narrado, señor Olmos ¡

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  2. Menudo pedazo de pringao el Jarabo estePrimero se complica la vida por el anillo de una novieta que posiblemente no te quiera volver a ver en tu desparramada vida.Déspues se va a casa del prestamista y lia una escabechina del siete cuando posiblemente le hubiera valido con intentar afanarl-como dices tú-por el procedimiento del hurto,si lo que pensaba ere que estaba en la tienda.Y ya al final para cubrirse de gloria lleva el traje de faena al tinte para que se lo lave la policia.Vamos todo un genio el tio.
    DEja claro ya la clase de personaje que es cuando para hacer que canté a los maderos les basta con invitarle a coñag del caro.La verdad es que este tipo no deberia haber muerto en veinte minutos de sufrimiento fisico.

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