domingo, 10 de octubre de 2010

Luis Candelas, el ladrón de Madrid

El bandido Luis Candelas, el ladrón guapo y moreno, nació en la calle del Calvario, que era antigua judería, y su padre, como el de Cristo, era carpintero y se llamaba José. Y, sin embargo, el chaval no salió profeta, aunque tenía el verbo y la estampa, y prefirió ser garduño de palanca y tomador del dos, que decían, donjuan, masón, capitán de rufianes y un poco conspirador. A Candelas le vendió un amigo (no ha trascendido por cuántas monedas) y rindió su vida audaz en el garrote, en la Puerta de Toledo y con el calvero lleno de mozas que le lloraron, bendiciendo a su país como Cristo bendijo a los hombres, que era mejor fin que la cruz para un gato madrileño del barrio de Lavapiés. Su vida no la predicaron los santos, ni falta que hizo, sino los rimadores parias de la Cofradía de Ciegos con sus romances bruscos y sus versos calzados a la fuerza. Los ciegos vendían historias al precio de la voluntad porque no tenían otra cosa con la que industriar, la Sala de Alcaldes de Casa y Corte mandaba un extracto de las causas célebres al Hermano Mayor de la Cofradía y éste encargaba a un lírico que las hiciese rapsodias para que sus afiliados las dijeran en la calle. Los ciegos, con su exhibición de truculencias, pasiones finadas a puñal y sacamantecas, fueron la larva de las gacetas de sucesos y los buenos tocaban la zanfonía y les ponían a los hechos matices de su cosecha. Goya pintó a uno con una guitarra, entreteniendo a los aguadores. La pintura, que se colgó en el dormitorio de los Príncipes de Asturias, se puede ver ahora en el Prado y su boceto, al aguafuerte, en la Biblioteca Nacional. El popular tenía el oído atento a los cuentos de bandoleros, los recogía del ciego y los convertía en copla. La de Luis Candelas la acabó cantando Concha Piquer: «Decidle al señor alcalde/ decidle al corregidor/ que yo por Luis Candelas/ me estoy muriendo de amor».

Que Luis Candelas fue ladrón es un hecho sin cuestión, pero no de birle canalla, de trompazo y corrienda en el callejón, sino de tajo fino y golpe audaz, de escalo, palanca y guante limpio, y su faca la llevó cerrada, con la virola al balcón de la faja para que se la viese comparecer y amansar, pero sin estrenarla de sangre porque nunca tuvo la necesidad de robar una vida. También llevó el lujo de la palabra, a la que nunca faltó, quitando las promesas a las damas, que no cuentan, porque son un recurso para enamorar y Dios no las apunta. Ni las damas, si llevan paseadas dos tardes, se las creen. Candelas se echó al robo por afición a la vida valiente, como se podía haber echado al redondel de la tauromaquia, porque no sufrió necesidad y tuvo entre manos la oportunidad de ganar el jornal en la administración. De niño comió a diario, y pasablemente, porque su padre tenía clientela en su ebanistería de la calle Calvario y llenaba el plato en casa con desahogo. Estudió en la escuela de San Isidro, en la calle de Toledo, aprendió las reglas y a leer pero salió contestón y le echaron porque un fraile de latín le arreó un bofetón y Luis Candelas se lo rebotó de vuelta con otro por el interés y allí truncó el bachiller, que lo hizo por libre en los descampados del Campillo de Vistillas, dándose pedradas con la golfería y haciéndose fama de bravo. En aquellas guerras de barrio hizo la cuadrilla que más tarde le acompañó en el jaque: Paco Villena, que le decían 'El Sastre', Mariano Balseiro, que fue su lugarteniente, Leandro Postigo, Luengo 'El Mañas' y los dos hermanos Cusó. En 1823, no obstante, emprendió vida honrada y encontró plaza de agente del fisco primero en Alicante y después en La Coruña y en Santander. Allí enamoró a una dama casada, recibió amonestación por el escándalo y presentó la dimisión. De vuelta en Madrid casó con Manuela Sánchez en 1827, que era mujer pudiente, y volvió a trabajar de ley como cobrador de contribuciones en Zamora, donde consiguió una hoja timbrada que acreditaba su buen comportamiento y una ración de aburrimiento.

Las malas compañías
Se hartó a los seis meses y una noche que nevaba, cerca de la Navidad, dejó el empleo y la mujer y se volvió a la capital, a los amigos viejos y a las amigas nuevas, y se hizo burlador de la ley. Como los padres habían muerto, con los reales de la venta de la carpintería puso casa en el 5 de la calle Tudescos, al lado de la taberna del Traganiños, que era cofradía del hampa, reunió a su antigua compadrada y se puso al birle. Por el día se portaba de señor, gastaba antiparras de concha y terciopelos y se hacía pasar por don Luis Álvarez de Cobos, un indiano que hizo la fortuna en el Perú, que andaba Madrid por arreglar haciendas y en amoríos con la Salvini, la primera cantante del teatro del Príncipe, y que frecuentaba los bailes y las tertulias de liberales, en las que se inició en la masonería que conspiraba contra Fernando VII, el rey ingrato. Por la noche don Luis se convertía en gato, se vestía de pana, se calzaba el calañés y daba el jaque con su cuadrilla.

Traicionado
Candelas no fue un choro del tres ni un bandido de vereda sino un brillante capitán de gente de garra. Una vez limpió una casa de usura de la calle Carretas que decían la Lonja del Genovés, y quien roba a un ladrón, y otra le birló una cartera al embajador de la Francia, monsieur Caulaincourt, y como no contenía más que papeles, se la devolvió como don Luis Alvarez de Cobos, que recibió, en agradecimiento, la Cruz del Mérito Agrícola. Al presbítero Juan Bautista Tárrega le robó cuatro mil reales, la sotana y una cubertería de plata y a la modista de la reina María Cristina, que era francesa y tenía la sastrería en la calle del Carmen, la dejó sin blanca y en enaguas. Al rey Fernando VII no le agachó la bolsa pero le levantó a una querida que le llamaban Lola la Naranjera y era hembra de trapío, dicen que hija de la famosa Tirabuzones, notable ramera que recibía en un lupanar con capilla. Si alguna vez tropezaba duraba poco en el brete y se escapó de la Cárcel de la Villa y de la del Saladero, del penal de Málaga y de una cuerda de presos que iba camino de Ceuta. Pero un día se enamoró, y de moza formal a la que no apetecía una vida de aventuras y guitarra, se llamaba Clara María y quería un hogar con brasero y chiquillos en el patio. Candelas reunió botín para ir colmado y apalabró un barco en Gijón para emigrar a Inglaterra, pero en el puerto Clara María rajó, le cogió miedo a la mar, y el bandido regresó a Madrid. Le prendieron por el camino, un amigo viejo le identificó y le cogieron en una venta en Olmedo. Esta vez resignó su suerte y le condenaron a morir. El 6 de noviembre de 1837 fue ajusticiado en la Puerta de Toledo. La noche anterior, en capilla, pidió un libro de Voltaire y se confesó de mala gana, más por llevar la tarea hecha. En el cadalso dirigió unas palabras al popular, les dijo que había sido un pecador pero que nunca mató a un semejante, dijo «sé feliz, patria mía» y el público lloró, le reparó al verdugo que llevaba un botón descosido y se pusieron al oficio. A Luis Candelas no le levantó estatua Madrid, que le erigió una al demonio en el parque del Retiro esculpida por Bellver, pero en 1949 el torero Félix Colomo Díaz, que también fue estraperlista, le puso su nombre a una taberna que aún abre bajo el Arco de Cuchilleros. 

Publicado el 09.10.10 por MARTÍN OLMOS en El Correo

Concha Piquer - Las coplas de Luis Candelas

2 comentarios:

  1. Es curioso como estos delincuentes arrastran tras de sí una leyenda que a veces los convierte en héroes populares, por aquello de su pertenencia a sectores humildes, necesitados de mitos entre los suyos.
    Hoy a mucha gente le hace gracia "EL Dioni" o "El Lute".
    También es curiosa la vinculación de estos bandoleros de antaño con los ideales de la Ilustración, esa afición por Voltaire, ganas de fastidiar a los partidarios de la monarquía que los condena. No creo que Luis Candelas leyera una sola línea de "Cándido".
    Un saludo.

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  2. Muy entretenido este artículo sobre Luis Candelas. Es bien posible que le ganase en amores al propio rey, porque éste era asiduo del burdel de Pepa la Malagueña y no hay más que ver un cuadro del indeseable Fernando VII para comprender que la elección no era difícil. Por lo demás una nada ejemplar, pero mitificada como la de tantos aventureros. Un saludo.

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