lunes, 22 de marzo de 2010

Pascual Martínez. La momia de Miranda de Ebro


Los mirandeses saben su historia, pero para el resto de los burgaleses es una figura desconocida. Se trata de la misteriorsa historia del 'chantre de Calahorra', conocida como la 'momia de Miranda', Pascual Martínez. La historia, la tradición quizá mejor, dice que don Pascual murió el primer día de octubre de 1390 «alevosamente, a manos de un hermano suyo».

Una historia que quedó recogida en los años 30 en tres páginas del diario ABC, con profusión de datos y relatando, con escalofrío, como, la momia del chantre salió del camposanto mirandés para quedarse, para siempre, entre las paredes de la iglesia de Santa María donde hoy se puede contemplar, no sin sobrecogerse al ver ese cadáver que cuenta con más de seis siglos de ¿vida?

Esa misma historia cuenta que en la mañana de ese día, el sacerdote se disponía para salir hacia el templo, cuando su hermano le requirió un dinero que Pascual no le dio ya que «carecía de todo bien». Ante la respuesta negativa, el hermano le propinó una «brutal agresión». Sin embargo, la paliza no le impidió al chantre dirigirse a la iglesia para celebrar la misa de cada día. Terminada la eucaristía, al salir del templo, unos pobres de, la entonces pequeña, villa de Miranda le pidieron limosna que el varón entregó; pero mala suerte la suya, el hermano al que le negó por la mañana unas monedas, le vio desde el último piso del edificio contiguo.
La cólera le arrebató el ánimo; tomó un saco de arena que había en la casa y lo arrojó desde el último piso sobre el sacerdote. Todo el peso del saco cayó sobre el chantre y «como un rayo, lo fulminó». Murió al instante.

El cadáver del difunto fue enterrado en el cementerio común, cerca del río Ebro. Los caprichos de la naturaleza quisieron que el cauce del río más caudaloso de España se desbordara en varias ocasiones y las aguas inundaran la ciudad. Las aguas del Ebro llegaron hasta el cementerio y se llevaron decenas de cadáveres que se perdieron aguas abajo, camino de las fértiles tierras riojanas. Uno de los ataúdes que arrastró el Ebro, hasta en dos ocasiones, fue el de Pascual Martínez. En las dos ocasiones, la fuerza de las aguas sacó el cuerpo muerto del sacerdote depositándolo a las puertas de la iglesia de Santa María. Allí, y pese a la fortísima corriente del río, el cadáver se quedaba misteriosamente inmóvil, parado, como si estuviese anclado a los muros de uno de los templos más viejos de la ciudad de Miranda.
Tras la primera riada, se volvió a dar sepultura al cuerpo del chantre. Pero en la segunda de ellas, y ante la situación que se había dado de nuevo, los sacerdotes y los fieles decidieron que se quedara en la misma iglesia de la que parecía no querer desprenderse. Allí lo depositaron en una caja de madera, sin recubrir, cerrada y bajo uno de los altares. Pero ahí no quedó solo el chantre.

Leyenda o realidad, lo cierto es que el acerbo popular así lo cuenta y así lo recogió José L. Barberan en el ABC. Pero hay más historia y más misterio detrás de este tremendo relato. Cincuenta años después de la muerte del chantre, en su tumba se colocó, como si fuera una lápida, una tabla enmarcada con la inscripción de su nombre.
Ese es uno de los documentos 'oficiales' que certifican el pasado de este hombre; el segundo documento es de 1812. El entonces párroco firma la lista de defunciones de la parroquia de Santa María y dice: «En 28 de noviembre de mil ochocientos doce, fue trasladado a esta iglesia de Santa María de la villa de Miranda de Ebro el cuerpo del Sr. D. Pascual Martínez, Chantre de Calahorra, insigne Bienhechor y Beneficiado de esta villa. Fundador de su Hospital titulado del Chantre, que falleció día primero de octubre. Era de mil trescientos noventa y hallándose incorrupto en el año mil cuatrocientos cuarenta y uno, fue colocado en un sepulcro nuevo de piedra y de buena arquitectura en su capilla inclusa en la Parroquia de San Juan al lado del Evangelio».

Quien se acerque a Miranda, puede pasear por el Casco Viejo y cercarse a esta iglesia de Santa María y contemplar su belleza serena. Menos serena será, por sobrecogerdora, la estampa del chantre en un ataúd. Nadie sabe si sonríe o se lamenta, pero sin duda, infunde respeto.

J. C. R / EL CORREO DE BURGOS
Dom, 03/01/2010

El circo del Everest


Hace unos días me topé con este sobrecogedor artículo que me abrió los ojos acerca de la sobreexplotación turistica del Everest y de como se ha convertido en un circo.

Aviso: Contiene imágenes y textos que pueden herir la sensibilidad

martes, 16 de marzo de 2010

El refugio de Miguel Delibes

El pasado viernes murió a sus 89 años el gran escritor, periodista y académico vallisoletano Miguel Delibes, quien supo entender la realidad de Castilla como pocos coviertiéndola en palabras a través sus obras.

Miguel, a pesar de nacer en Valladolid, siempre se sintío un hombre de campo conectado a la naturaleza. Llegó al pueblo burgalés de Sedano por ser donde veraneaba Ángeles, quien sería su mujer y pronto se enamoró de uno de los enclaves paisajísticos más bellos del norte de España donde daba rienda suelta a su gran afición, la caza.

Situado en el noroeste de la provincia de Burgos, Sedano es un pequeño pueblo de medio millar de habitantes donde la vida aún late despacio, lejos del las prisas y la vida del urbanita. Aquí Miguel, que era considerado un vecino más gracias a su humildad y facilidad de trato, alumbró gran parte de su obra.



La Ser en el Refugio de Delibes
Para más información:

Turismo:

lunes, 1 de marzo de 2010

Un pirata de verdad

De románticos tenían lo justo. O sea, nada. Desprovistos de la aureola artificial de la novela decimonónica y de la imbecilidad anglosajona de las películas de Hollywood, los piratas de antaño se quedan en lo que eran: saqueadores y asesinos. A menudo suele confundírseles con los corsarios, pero ésos, al menos sobre el papel, tocaban otro registro –precisamente Alberto Fortes publicó hace poco, en gallego, O Corsario: una biografía del pontevedrés Juan Gago–. Los corsarios eran particulares que, sujetos a reglas internacionales, saqueaban por cuenta de un rey a los enemigos de éste. Un pirata era un pirata, y punto; sin diferencia con los que hoy asaltan barcos, roban y matan en las costas caribeñas, el mar Rojo o los estrechos de Asia. Resumiendo: una panda de hijos de puta. Pensaba en eso el otro día, cuando revisando papeles di con la carpeta que guardo sobre Benito Soto, uno de los últimos piratas españoles, y uno de los pocos nuestros que se hicieron famosos bajo la bandera negra. Un pájaro de cuenta cuya dramática historia terminó en tanguillos de Cádiz.

Les cuento. El barco era un corsario brasileño dedicado a la trata de negros: un bergantín de siete cañones llamado El defensor de Pedro, cuya tripulación se amotinó en 1823, dejando al capitán en tierra africana y pasando a cuchillo a los tripulantes que no estaban por la labor. Su segundo contramaestre, un pontevedrés de veinte años llamado Benito Soto Aboal –desertor de la matrícula de mar española a los dieciocho–, fue elegido comandante. Al bergantín se le cambió el nombre por el de Burla negra, y en poco tiempo consiguió una siniestra reputación, estrenándose en su nuevo oficio cerca de Ascensión con el saqueo de la fragata mercante inglesa Morning Star, y luego con el de la estadounidense Topaz, de la que asesinaron, por la cara, a 24 de sus 25 tripulantes y pasajeros. Más tarde, entre las Azores y Cabo Verde, le llegó el turno al brickbarca inglés Sumbury. En este punto, ya en posesión de un botín razonable, Soto decidió navegar hasta Galicia para vender el fruto de la campaña. De camino no dejó pasar la oportunidad de darle lo suyo al portugués Melinda, al Cessnok –a ése no le tengo controlada la bandera– y al inglés New Prospect, saqueos que se completaron, para rematar la cosa, con el asesinato de algunos miembros de la tripulación propia, de los que Soto no se fiaba un pelo y a los que temía dejar en tierra con la lengua demasiado suelta.

En La Coruña, donde los piratas presentaron papeles falsos con uno de los tripulantes haciéndose pasar por el verdadero capitán del barco, vendieron la carga y luego decidieron irse al sur de España o a la costa de Berbería para vivir de las rentas. Pero el mar gasta bromas pesadas: una noche oscura confundieron el faro de la isla de León con el de Tarifa, y terminaron embarrancando en una playa gaditana, muy cerca de donde hoy está, como ya estaba entonces, el Ventorillo del Chato. Aunque al principio las autoridades de Marina, sobornadas por los piratas, hicieron la vista gorda, un antiguo pasajero del Morning Star los reconoció –también es mala suerte que el fulano estuviera en Cádiz– y puso el grito en el cielo. Total: diez de ellos terminaron ahorcados y hechos cuartos por la justicia gaditana, y el capitán Soto, que había huido a Gibraltar, fue detenido, juzgado y ejecutado en la colonia, culpable de 75 asesinatos y del saqueo de diez barcos. Como buen gallego, Soto se dejó ahorcar sin aspavientos, mostrándose, cuentan, arrepentido, resignado y también algo chulito. Que me quiten lo bailado, debió de decir. O algo así.

Pero la historia del Defensor de Pedro aún trajo cola. Setenta y cuatro años después, en 1904, los trabajadores de una almadraba descubrieron, en el lugar donde había acabado su aventura el barco pirata, gran cantidad de monedas acuñadas en México en el siglo XVIII. La gente se volvió loca, echándose todo Cádiz a la playa –incluidos viejos, niños y suegras– con palas y cribas, hallándose al menos millar y medio de piezas. Así se hicieron famosos «aquellos duros antiguos / que tanto en Cai / dieron que hablá», que en los carnavales del año siguiente inmortalizaría un personaje local, el Tío de la Tiza, con su peña Los Anticuarios. Y colorín colorado: ésta es la historia de Benito Soto Aboal, el español que, fiel a las esencias nacionales, empezó como truculento pirata y acabó –aquí todo termina igual– en chirigota gaditana.
ARTURO PÉREZ-REVERTE
El Semanal | 29 de enero de 2006 

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