lunes, 27 de septiembre de 2010

Los nombres raros de Huerta del Rey

Imagen: es.wikipedia.org
Huerta del Rey es un pequeño pueblo situado al sur de la capital burgalesa, en la carretera que une Salas de los Infantes con Aranda de Duero, registrado en el Libro Guinness de los Records por ser la localidad con los nombres propios más raros del mundo.

Todo comenzó por una ocurrencia del secretario municipal en 1890, Adolfo Moreno, que ante  los problemas con el reparto del correo debidos a que había personas con el mismo nombre además de que cuatro apellidos eran frecuentes en el pueblo (Rica, Molinero, Gárate y Guerrero) y a la ausencia de denominación alguna en las calles, lo que daba lugar a confusiones, se hizo con un catálogo de mártires de la Iglesia católica y fue proponiendo nombres a los padres que acudían al registro. 

Con el tiempo, nombres propios como Austringiliano, Sindulfo, Hermógenes o Ediltrudes se volvieron menos raros hasta que en la actualidad aproximadamente la mitad de los vecinos de Huerta del Rey poseen este tipo de nombres. Tan orgullosos están los huertaños que desde 2008 organizan cada año un Encuentro Internacional de nombres raros.

 
Los nombres más raros de España - www.youtube.com

lunes, 20 de septiembre de 2010

Las monjas y la bandera

ARTURO PÉREZ-REVERTE
El Semanal | 19 de Septiembre de 2010

Hace algunos años, en el canal de entrada de San Juan de Puerto Rico, frente a los castillos del Morro y San Cristóbal, me llamó la atención una enorme bandera española que alguien ondeaba en un edificio blanco próximo a la embocadura. «Son las monjas», dijo quien me acompañaba, que era mi amigo y editor en Puerto Rico Miguel Tapia. «Y eso es que está entrando un barco español.» No hablamos más en ese momento, pues estábamos ocupados en otras cosas; pero lo de la bandera y las monjas me picó la curiosidad. Así que después procuré enterarme bien del asunto, que resultó ser una bella historia de lealtades y nostalgias. Algo que realmente comenzó hace más de un siglo, el 16 de julio de 1898.

Aquel fue el año del desastre. Trece días antes, la escuadra del almirante Cervera, que había salido a combatir sin esperanza en el combate más estúpido y heroico de nuestra historia, había sido aniquilada en Santiago de Cuba por el abrumador poder naval norteamericano. Los buques de guerra yanquis bloqueaban la isla de Puerto Rico, impidiendo la llegada de refuerzos y suministros a las tropas cercadas. En esas circunstancias, el Antonio López, un moderno y rápido buque mercante que había salido de Cádiz con armas y pertrechos para la guarnición, recibió un telegrama con el texto: «Es Que Usted Haga Llegar Preciso El Cargamento Un Puerto Rico Aunque Sí Pierda El Barco». Veterano, disciplinado, profesional, con los aparejos en su sitio, el capitán del Antonio López, que se llamaba don Ginés Carreras, intentó burlar el bloqueo estadounidense. No lo consiguió. El 28 de junio, cuando navegando sin luces y pegado a la costa intentaba entrar en San Juan, fue localizado por el USS Yosemite, que lo cañoneó. El capitán Carreras logró escapar a medias, varando el barco en Ensenada Honda, cerca de la playa de Socorro, desde donde en los días siguientes intentó llevar a tierra cuanto podía salvarse del cargamento. Pero dos semanas más tarde, el USS New Orleans se acercó para dar el golpe de gracia, destrozándolo a cañonazos.

Fue entonces cuando se tejió la historia que les cuento. Bajo el bombardeo, un tripulante del Antonio López, que se había atado la bandera del barco a la cintura antes de echarse al agua para intentar ganar tierra a nado, llegó gravemente herido a la orilla. Nunca pudo averiguarse su nombre, pues murió en brazos de un puertorriqueño de los que acudieron a ayudar a los náufragos. «Que no la agarren», suplicó el marinero mientras moría, señalando la bandera. Y el puertorriqueño cumplió su palabra, quizá porque se llamaba Rocaforte y era de padres gallegos. Hombre supersticioso o religioso, y en cualquier caso hombre de bien, por no incumplir la demanda de un moribundo, la guardó en su casa durante años. Y al fin, un día, pensó en las monjas.

Eran españolas, de las Siervas de María, instaladas en la isla desde 1897. Atendían un hospital junto a la boca del puerto, y permanecieron allí después de la salida de España y la descarada apropiación de la isla por los Estados Unidos. Acabada la guerra, las hermanas, con la natural nostalgia, adoptaron la costumbre de saludar desde la galería del hospital, agitando sus pañuelos, cada vez que un barco de su lejana patria entraba o salía en el puerto. Eso dio a Rocaforte la idea de confiarles la bandera. Se presentó en el hospital, contó la historia a la madre superiora, y le entregó la enseña. Y desde entonces, cuando entraba o salía de San Juan un barco español, las monjas hacían ondear en la galería, en vez de pañuelos, la vieja bandera del barco perdido.

Todavía lo hacen, un siglo después. De las veintisiete monjas que atienden hoy el hospital de las Siervas de María, ya sólo cinco son compatriotas nuestras. Pero cada vez que un barco español pasa frente al hospital, navegando lentamente por la canal de boyas, su capitán cumple el viejo ritual de dar tres toques de sirena y hacer ondear la bandera en respuesta al saludo de las monjas, que desde la galería agitan la suya. De haberlo sabido, aquel anónimo marinero del Antonio López que hace ciento doce años se arrojó al mar, intentando ganar la playa bajo el fuego norteamericano con la enseña de su barco atada a la cintura, estaría satisfecho. Me pregunto si quienes salieron a la calle tras el último partido del Mundial de Fútbol, llenándolo todo de colores rojo y amarillo, serían conscientes de que se trataba de la misma memoria y la misma bandera. Y de que, al ondearla con júbilo en calles y balcones, rendían también homenaje a tanta ingenua y pobre gente que, manipulada, engañada, manejada por los de siempre –«Aunque Sí Pierda El Barco», ordenaron los que diseñan banderas pero nunca mueren defendiéndolas–, cumplió honradamente con lo que creía eran su deber y su vergüenza torera. Y esto incluye a las monjas de San Juan.
 

martes, 14 de septiembre de 2010

La desvergüenza española de Sydney 2000

En una época en la que vivimos turbados por los éxitos deportivos, tanto a nivel individual como colectivo, no debemos olvidar lo que nos ha costado llegar hasta aquí. En un día en el que Rafa Nadal se ha convertido en el séptimo tenista en ganar los cuatro "grandes" quiero hablaros una de las manchas negras del deporte español.

Corría el año 2000 cuando la Federación Española de Deportes de Discapacitados Intelectuales (FEDDI) presentaba un gran equipo de baloncesto para los Juegos Paralímpicos de Sydney. El combinado español ganaba el oro olímpico arrasando a todos sus rivales pero lo que se supo después sería un escándalo. 

El periodista Carlos Ribagorda destapaba el fraude al denunciar que llevaba dos años jugando con el equipo paralímpico de baloncesto sin tener ninguna minusvalía física ni intelectual y que no pasó ningún tipo de control. Según Ribagorda sólo dos jugadores del quinteto titular eran discapacitados afirmando que casos así no solo ocurrieron en su deporte sino también en el atletismo, el tenis de mesa y la natación, para lograr éxitos y más subvenciones. Para colmo, varios de los tramposos eran jugadores de la liga EBA.

El Comité Paralímpico Español confirmó el fraude ya que diez de los doce baloncestistas eran completamente normales y fueron obligados a devolver las medallas de oro. A partir de entonces y debido a los problemas para probar este tipo de discapacidad, el Comité Paralímpico Internacional removió esta competencia de los Juegos. 


martes, 7 de septiembre de 2010

El Ventano del Diablo

En la carretera que une Albarracín con la ciudad de Cuenca (CM-2106), junto a Villalba de la Sierra, y muy cerca de la Ciudad Encantada nos encontramos, en un pequeño llano para aparcar, con un impresionante mirador de doble ventanal situado en una peña hueca desde donde podremos disfrutar de unas vistas sensacionales de la hoz del río Júcar sobre un enorme desnivel de 200 metros.


Este monumento natural es conocido como el Ventano del Diablo por ser el lugar donde el maligno realizaba sus sesiones de brujería y empujaba al abismo a quienes se asomaran por los balcones abiertos al vacío.


Las aguas del Júcar forman pozas de colores intensos en las que viven especies muy sensibles como la trucha común o el mirlo acuático, en las frondosas orillas del río encuentran su acomodo gran número de animales como la nutria y en las alturas anidan diversas aves rapaces como el águila real o el buitre leonado.


Ya veis, si os acercáis por la capital conquense o sus alrededores no dejéis de visitar este maravilloso rincón porque seguro que no os defraudará.

+ Información: Lugares de interés cercanos

lunes, 6 de septiembre de 2010

La guerrilla de la memoria

Dirección: Javier Corcuera.
País:
España.
Año: 2002.
Duración: 67 min.
Género: Documental.
Interpretación: Esperanza Martínez, Remedios Montero, Florián García, Manuel Zapico, Eduardo Pons Prades.
Guión: Carlos Muguiro, Alberto Lorente, Javier Corcuera, Fernando León de Aranoa y David Planell.
Producción: Montxo Armendáriz y Puy Oria.
Fotografía:
Jordi Abusada.
Montaje: Rori Sáinz de Rozas.
  


Este documental ahonda en la historia de los maquis, aquellos combatientes que se resistieron tras la Guerra Civil Española a la victoria del bando franquista y prosiguieron desde el monte su lucha contra el fascismo. Detrás de los rostros y de los relatos de Esperanza Martí­nez “Sole“, Remedios Montero “Celia“, Florián Garcí­a “Grande“, Francisco Martí­nez “Quico“, Manuel Zapico “Asturiano“, José Murillo “Comandante Rí­os“, Eduardo Pons Prades “Floreado Barsino“, Benjamí­n Rubio, Angela Losadas y Emilia Girón, se pueden descubrir cientos de historias combatidas y acalladas durante el franquismo y que todaví­a permanecen en la memoria de unos hombres y mujeres que se reafirman en su manera de actuar en el pasado.



sábado, 4 de septiembre de 2010

Alejandro Finisterre y el futbolín

El futbolín, ese juego que tantos buenos momentos nos hizo pasar en nuestra adolescencia, tiene como actor principal de su historia a su inventor, Alejandro Campos Ramírez más conocido, por su origen gallego, como Alejandro Finisterre o Alexandre Fisterra.

Hijo de un zapatero en quiebra, Alejandro tuvo que corregir los exámenes de los párvulos para poder pagarse la matrícula de la escuela además de trabajar en la construcción y en una imprenta. Fue en esta época cuando conoció al poeta León Felipe, del que sería su albacea.

Durante la Guerra Civil española, en noviembre de 1936 y a la edad de 16 años, le ocurrió el suceso por el cuál surgió la idea del futbolín. “Por culpa de una bomba nazi, de las que lanzaron sobre Madrid. Quedé sepultado entre cascotes, con heridas graves. Me llevaron a Valencia y luego al hospital de la Colonia Puig de Montserrat. La mayoría de los que estaban allí eran mutilados de guerra. Yo había jugado al fútbol -incluso perdí un diente de una patada-, pero me había quedado cojo y envidiaba a los que podían jugar. También me gustaba el tenis de mesa. Así que pensé: “¿Por qué no crear el fútbol de mesa?”.

Poco antes de las navidades de ese mismo año Alejandro se puso manos a la obra y con la ayuda de un carpinero vasco, Francisco Javier Altuna, completó un invento que patentaría en Barcelona en enero de 1937 aunque no pudo conseguir que fuera fabricado y distribuido a nivel industrial porque todas las fábricas de juguetes se dedicaban a producir armas.

A medida que la guerra avanzaba, Alejandro tuvo que huir a Francia cruzando a pie los Pirineos. En el macuto sólo llevaba la patente, una lata de sardinas y dos obras de teatro. Llovió a cántaros durante 10 días y los papeles se convirtieron en argamasa. Ya en París, en 1948, se enteró de que un antiguo compañero de hospital, Magí Muntaner del POUM, había patentado el futbolín y aseguró que le había escrito una carta explicándoselo pero que Alejandro nunca llegó a recibir. Entonces se dirigió a la empresa que estaba fabricando el juguete y reclamó su derecho de patente. Con el dinero obtenido emigró a Ecuador donde fundó la revista Ecuador 0º,0’,0”.


Tiempo después, mientras residía en Guatemala, se dedicó a perfeccionar el invento y a comercializarlo hasta que tras un golpe de estado en 1952 fue robado y secuestrado por sus ideales izquierdistas. Me metieron en un avión hacia Madrid pero amenacé al piloto con estrellar el aparato, siendo el primer secuestrador aéreo de la historia”. Más tarde, en México, se dedicó a las artes gráficas y a la edición además de  fundar su propia editorial.

Alejandro Finisterre volvió a España durante los años de transición. Vivió primero en Aranda de Duero (Burgos) y se asombró por la gran aceptación que había tenido su invento. Se transladó a Zamora donde falleció el día 9 de febrero de 2007, en su casa del barrio de Pinilla, a la edad de 87 años. Sus cenizas fueron esparcidas en el Río Duero a su paso por la ciudad de Zamora y en el Atlántico, en Finisterre.

Fuentes: es.wikipedia.org y mobbingopinion.bpweb.net

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