domingo, 31 de octubre de 2010

¿La tumba de Santiago o de Prisciliano?

Catedral de Santiago
Cuenta la tradición que el cuerpo del apóstol Santiago (del latín Sanctus Iacobus), tras ser decapitado en Jerusalén por órdenes de Herodes Agripa I fue subido a un barco desde Judea y llevado a Finisterre, donde fue enterrado. Según esta tradición, a principios del siglo IX un ermitaño llamado Pelayo vio unas luces cerca de un bosque. Unas voces angelicales le dijeron que fuera allí. Extrañado por los sucesos acudió a Teodomiro, el obispo de Iria Flavia (Padrón) para pedir consejo y este mandó investigar los fenómenos encontrando un monumento funerario donde se hallaron las reliquias atribuidas al apóstol. Este descubrimiento supuso una serie de beneficios como fue la cristianización de la antigua Vía del Finisterre, ruta seguida por muchos pueblos de religión céltica hasta el pretendido fin del mundo, y su conversión en el Camino de Santiago o Ruta jacobea, haciendo de Compostela el tercer núcleo de peregrinación medieval, tras Roma y Jerusalén.

¿Tumba de Santiago?
Al margen de la teoría oficial, ha renacido con fuerza en los últimos años la hipótesis de que quien descansa en la catedral compostelana no es otro que Prisciliano, un obispo en la Hispania del siglo IV y probablemente oriundo de Gallaecia, capaz de liderar una corriente espiritual que defendía el retorno al cristianismo primitivo. Prisciliano se convirtió, junto a varios seguidores, en el primer hereje ajusticiado por el gobierno secular en nombre de la Iglesia Católica, cuyos restos fueron llevados a hombros desde Tréveris (Alemania), a través de la Galia y recorriendo supuestamente un itinerario que con el paso de los siglos se convertiría en el hoy popular Camino de Santiago hasta llegar a su tierra natal, Iria Flavia.
  
Estas dos teorías diferentes para unos mismos restos me llevan a pensar... ¿Quién descansa en la tumba, Santiago o Prisciliano? ¿Son los restos del apóstol una invención utilizada para conjurar a la cristiandad contra la amenaza árabe que invadía la península? ¿Por qué no hay documentos históricos que atestiguen la muerte del Apóstol Santiago en España? ¿Por qué nunca se han hecho a los restos las pruebas del carbono 14, para disipar las dudas? 

Sea como fuere, recomiendo hacer el Camino de Santiago, origenes aparte, y disfrutar de la belleza de un recorrido repleto de cultura y naturaleza que te dejará un recuerdo imborrable. 

+ Información: www.caminosantiago.com
 

martes, 26 de octubre de 2010

Marcos Rodríguez Pantoja. Un niño entre lobos

El próximo mes de noviembre se estrena la película "Entrelobos" basada en la vida de Marcos Rodríguez Pantoja. Esta es su extraordinaria historia recogida por www.elmundo.es

Cuando quedan atrás las horas entre peñascos, hierbas y agua del río; cuando el cuerpo pide un trozo de pan, otro de panceta y un trago de vino; cuando desaparecen de la retina imágenes y del oído sonidos desconocidos para un urbanita, es entonces cuando surge la verdad de la historia. «Los animales son mejores que las personas».

A Marcos Rodríguez Pantoja lo vendió su padre, Melchor, como quien vende un perro cuando se convierte en un estorbo. Marcos tenía siete años, quizá uno más o uno menos. La memoria le flaquea y para el caso es lo mismo. Lo vendió Melchor a un pastor de Sierra Morena. Por aquel entonces —y aquel entonces era 1953, porque Marcos nació el 7 de junio de 1946— era algo normal que familias sin posibles colocaran a los hijos allá donde les dieran algo de comer y les enseñaran un oficio. Marchó Marcos rumbo a la sierra con ese pastor, Damián. Aprendió a cuidar las 300 cabras, a cazar, a buscar comida, a hacer fuego y a estar solo. Un día Damián salió a cazar un conejo. Le dijo que lo esperara en la cueva. Nunca más volvió. El pastor no regresó. Marcos no supo nunca más de aquel hombre. Se quedó solo. Era un crío. De vez en cuando recibía la visita del dueño de las cabras, que le llevaba un pedazo de pan. Pero nada más.

Empezó así la vida de Marcos entre lobos. «Un día oí ruido detrás de unas rocas. Me acerqué y había unos lobeznos. Les fui a dar comida, a revolcarme con ellos… Vino la loba y lanzó un mordisco… Me fui… Un día estaba en la cueva y entró la loba. Yo me fui al fondo… Creía que me iba a comer… ¡Como antes me había atacado! Pero me dejó un trozo de carne… Me lo iba acercando… Y al final se acercó y la abracé… Y fueron confiando en mí. Yo les daba comida y jugaba con los lobeznos y poco a poco, así, fue como me fui convirtiendo en el jefe de la manada».

Marcos cazaba conejos con pegajosos palos de jara. Los metía en la madriguera y la resina se pegaba en la piel de los animales. O cazaba ciervos con ayuda de los lobos, que azuzaban al venado hacia el río y allí Marcos les daba muerte. A los peces los hacía entrar, a una suerte de cueva que fabricaba en el río. Los peces, atraídos por los restos de los animales muertos que Marcos metía entre piedras, se metían en la trampa. Cuando estaba allí, Marcos soltaba una piedra contra la laja que cubría la cueva y atrapaba a los peces.

Así vivió Marcos días y meses y años. El pelo largo, por la cintura, impregnado del olor de sus amigos los lobos. La piel curtida por el sol y también rezumando ese aroma tan fuerte. Se movía como ellos, vivía como ellos, aullaba como ellos. Cazaba, hacía fuego y descubría sus instintos básicos en soledad. Lo sacó la Guardia Civil del monte cuando Marcos contaba ya 19 años. Un guarda de una finca próxima lo delató y lo prendieron. Lo mandaron para Madrid. Con unas monjas. El mismo día que lo cristianaron lo mandaron al servicio militar. Carne de cañón. Cuando se licenció le recomendaron irse a buscar trabajo a Mallorca. Allá se fue. Y cayó en manos de gente que lo maltrató, que se rió de él, que lo menospreció. A él, que se había criado con lobos.

Hoy, 40 años después, en esta finca de Cardeña, en Sierra Morena, Marcos vuelve a estar rodeado de lobos. Se suben sobre él, lo huelen, lo buscan. Él se tira al suelo, los besa, se siente uno más. Pepe España, lobero de Cañada Real (Peralejo, Madrid) que ha criado a esos cinco animales, no ha visto nada igual en los días de su vida, dice. Se queda impresionado de cómo los lobos se acercan a Marcos y se 'funden' con él sin haberlo visto nunca antes jamás.

A Marcos lo encontró Gerardo Olivares, director de cine, en Galicia. Una labor de espía. Más importante aún: lo encontró porque descubrió su historia, porque le apasionó su historia y porque decidió contar su historia. El sol alumbra este día de rodaje en Cardeña. El equipo mueve a los lobos y Marcos recorre el monte ajeno a la gente. Los animales se acercan a él. Se van. Las hembras en celo. Los machos marcando territorio.

Olivares, cámara en mano, graba lo que se graba el equipo de rodaje de naturaleza, graba las peleas entre lobos, graba a Marcos buscando hierbajos para hacer el ruido de la perdiz. O a Marcos bebiendo agua en el río como sólo bebe agua en el río quien ha vivido entre alimañas. O a Marcos rebozándose por el suelo con una loba. Impresiona Marcos. Impresiona. Se sube a una roca. Aúlla. Los lobos lo sienten, lo oyen, lo rodean. Aúllan. Aúllan todos juntos. «Los animales son mejores que las personas». 

El idioma del botxo

Publicado el 13.09.10 por JON URIARTE en www.elcorreo.com

Perdonen, en qué idioma hablan?». La pregunta nos ha hizo, en agosto del 98, la camarera de un restaurante del Village de Nueva York. Las dos parejas que compartíamos viaje y mesa nos miramos sorprendidos. No recordábamos haber hablado en euskera y la chica era argentina. «En castellano»,le respondimos. «No -dijo ella- eso no era español, era…otra cosa». Y tenía razón. Recapitulando la conversación concluimos que el despiste era normal. «Estoy larri y no quiero mojojones» o «este vino, ni para kalimotxo» o «no seas borono y deja bote», además de los muchos 'pues' salpicados, ayudaban poco a la ubicación del idioma. A eso añadan una lista de palabras, tan gruesas como prácticas, de esas que gustamos llevar en el zurrón los del botxo.

He viajado en el tiempo y en el espacio para recordar, si es que hacía falta, que además del castellano y el euskera tenemos otro idioma: el bilbaino. No aparece en el último sociómetro, ni falta que le hace. Existe. De hecho, guardo como un preciado tesoro, el Diccionario de la Lengua Bilbaina. Hace unos años, compartí con su creador, Juan Echegoyen, aperitivo en el 'Azulito'. Hablamos de lo que en Madrid creen que es txirene o que al güito, por alguna extraña razón, le otorguen significado sexual. Que al balde de agua le digan cubo y al choto, capucha. Y que si llamas trinchera a un tres cuartos impermeable o chamarra a una cazadora no te entienden más allá de Altube. Convenimos que el ¡aupa!, fuera de lo deportivo y según tono, sirve de ánimo o de condolencia. Pero si el giro de cabeza es ligero, conlleva indiferencia. Y así pasamos la tarde. Viendo que somos singulares en lo geográfico, lo léxico y lo ortográfico.

Cierto que en cuestiones gastronómicas no hay región o pueblo que no tenga su propia forma de catalogar verduras, pescados o carnes. Si pides zapatero en Madrid, por ejemplo, no se imaginan que te refieras a una palometa o japuta. El zancarrón se llama morcillo. Las vainas, judías verdes y las alubias, judías rojas. Las rabas, calamares. De la antxoa y su traducción como boquerón no voy a hablar. Hasta en la RAE llevan empanada con el asunto. Pero lo nuestro va más allá de un mero regionalismo. Basta con recorrer 99,8 km para descubrir que, en San Sebastián, al juego del campo quemado, ojo al dato, le llaman brilé y no saben que las bicicletas llevan catalina. Explica tú ahora, por ahí fuera, lo que es el color azul Bilbao.

Por eso, los que pisamos otras tierras, nos reconocemos con un simple saludo, una palabra suelta o un taco arrastrado. Somos capaces, incluso, de ubicar a un paisano en una localidad concreta según llame al bígaro, caracolillo o magurio. Lo que, sumado a lo anterior, demuestra que somos un mundo. De ello escribieron, unas veces con sorna y otras, aunque pocos lo sepan, con evidente interés, ilustres del verbo como Cervantes o Quevedo. Por algo será.

En fin, les dejo que voy para el botxo. Tengo con la cuadrilla una jamada del copón y luego parranda. Invita Javi, el chico viejo que deja de ser birrotxo. Tiene una potxolada de txoko, con los del otxote, en una lonja del kasko llamado 'Los Txirene'. De piscolabis hay antxoas albardadas y rabas. Luego alubias con sacramentos y helau de kukurutxu. Antes, unos potes. Dos rondas de txikitos y zuritos y una espuela rápida, que el pastor del Gorbea dice que va a hacer fresco. Además, el cocinillas es un peste. Absténganse los pichicomas, txotxolos y sinsorgos. Para los trompalaris, que pisan iturri en seguida, prohibido llegar perfumaus. Y el que ande kili-kolo, tranki. Tenemos porrusalda, agua de Bilbao y el teléfono del Igualatorio. Ah, y nada de katxis. De coger castaña, que sea con fuste. En fin pitxines, agur sin más.

martes, 19 de octubre de 2010

Cuenca. La ciudad paisaje

" Cuenca tiene algo de castillo, de convento y de santuario.
Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y guerrero,
ofrece este aire de centinela observador...
Cuenca es un nido de águilas hecho
sobre una roca. "

Pio Baroja.
 
A modo de breve apunte histórico podemos decir que, conquistada por el rey Alfonso VIII en el año 1.177, la ciudad de Cuenca (palabra derivada del árabe Kunka) era, gracias a su situación militar, un emplazamiento defensivo perteneciente unas veces a los reinos moriscos de Sevilla y otras a los de Valencia. Bajo la protección del monarca castellano vive sus momentos de mayor desarrollo y esplendor hasta convertirse en el siglo XVI en un importante centro de industria textil. El hundimiento de esta industria provocado por la Guerra de la Independencia lleva a la ciudad a un proceso de declive general hasta que en la segunda mitad del siglo XIX resurgen las industrias tradicionales y la explotación de recursos madereros acompañados por una mejoría de las comunicaciones prolongando, este resurgir económico, en el siglo XX con la aparición de fábricas de resinas. Tras el paréntesis de la Guerra Civil y la posguerra, se produce el desplazamiento masivo a la parte baja de la ciudad estimulando así un crecimiento demográfico continuado hasta sumar en la actualidad la cifra de 55.866 habitantes (datos del censo de 2009).

Escultura y placa de Alfonso VIII en la Plaza Obispo Valero
El casco histórico de Cuenca, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1.996, se alza orgulloso, sobre una escarpada roca caliza rodeada por los cauces de los ríos Júcar y Huécar. Uno de los emblemas más importantes de la ciudad son las Casas Colgadas que deben su nombre a estar, literalmente, colgadas sobre la hoz del río. Reformadas durante el siglo XX para adecuarse a nuevos usos, exhiben hoy sus renovadas e imponentes balconadas de madera.

Las famosas Casas Colgadas

Acercándose a la parte alta de la ciudad primero por el paseo del Huécar pasando después junto al puente de San Pablo (por el que podemos acceder al Convento del mismo nombre) y las Casas Colgadas, el viajero llega a la calle Obispo Valero (escultura de Alfonso VIII) donde se encuentra el Palacio Episcopal. Edificio de grandes proporciones, empezó a levantarse a principios del siglo XIII aunque en su interior se muestran claramente las diferentes fases de su construcción. De estilo neoclásico, el palacio ocupa hoy en día lo que fueron las casas del cabildo de la catedral y en una de sus alas podemos ver el Museo Diocesano Catedralicio.

Convento de San Pablo y Palacio Episcopal

Ya en la Plaza Mayor, eje central del casco histórico, y adosada al Palacio Episcopal se eleva la Catedral de Nuestra Señora de Gracia. De estilo gótico, fue el primer edificio que se comenzó a construir, tras la conquista de la ciudad, en el lugar donde se emplazaba la antigua alcazaba musulmana y es considerado una de las catedrales más singulares de España. En la misma plaza se erigen igualmente otras edificaciones como el Convento de las Petras o el Ayuntamiento que cuenta con dos fachadas y es poseedor, en su parte inferior, de tres arcos  por los que se accede a la ante plaza.

Catedral y Ayuntamiento

Escenario de las principales fiestas de Cuenca, la Plaza Mayor es también el punto de partida de cualquier recorrido. De visita imperdible también son sus estrechas callejuelas y el contraste de vivos colores de las fachadas de las casas como en la calle Alfonso VIII, por la que podemos descender hacia la parte moderna de la ciudad. Sin embargo, subiendo por la empinada calle San Pedro con casonas señoriales y conventos como el de las Carmelitas Descalzas a ambos lados, seguimos todo recto por la calle del Trabuco y llegamos hasta los escasos restos del antiguo castillo.  
Calle Alfonso VIII y Calle del Trabuco con arco y muralla del castillo al fondo

Este lugar, junto al Archivo Histórico Provincial, es un buen sitio desde donde sacar unas instantáneas acompañados por Fray Luis de León. Espero que este paseo por Cuenca, de la que seguro me quedan por ver muchas cosas (tan sólo tuve una tarde), os incite a visitarla a los que desconozcáis la ciudad y os traiga buenos recuerdos a quienes ya habéis paseado por sus calles.

Vistas panorámicas

Nota: Pinchar en las imágenes para ampliarlas.

+ Información: 
www.vercuenca.com


martes, 12 de octubre de 2010

Tener más orgullo que don Rodrigo en la horca

D. Rodrigo Calderón
Tener más orgullo que don Rodrigo en la horca” es un conocido refrán castellano que esconde tras de sí, además de un ingrediente de falsedad, una interesante historia que os relato a continuación. 

La de nuestro protagonista, don Rodrigo Calderón, es la historia de los bandos cortesanos y las descarnadas luchas por el poder en la corte de la monarquía más poderosa de la época. Miembro de una familia hidalga castellana vinculada a Valladolid, pasó en poco tiempo de ser paje a hombre de confianza del Duque de Lerma quien, a su vez, se convertiría en valido del rey Felipe III, sobre el que tendría una gran influencia.

Hombre ambicioso y sin escrúpulos, no dudó en convertirse en intermediario imprescindible para muchos favores y nombramientos; lucrarse amplia y rápidamente tanto en el aspecto material como en el simbólico de honores y títulos (fue nombrado Conde de la Oliva y Marqués de Siete Iglesias) además de un encumbramiento social conseguido, por ejemplo, gracias a su unión con Inés de Vargas.

Su historia es también la de la corrupción y el abuso en el poder facilitados por un sistema absolutista, aunque, tras el fin político de su poderoso protector, se convirtió en la víctima propiciatoria a través de la cual se quiso castigar a todo el régimen de Lerma. Al acceder al trono Felipe IV y obtener la privanza el Conde-Duque de Olivares, no sólo cayó en desgracia, sino que fue objeto de un proceso en el que, entre otras gravísimas acusaciones, se le imputaba el envenenamiento de la reina Margarita, muerta en extrañas circunstancias.

Condenado a muerte, don Rodrigo subió al cadalso de madera entre el murmullo y la admiración de la concurrencia. No fue ahorcado como dice el dicho sino que, debido a su condición de noble, fue degollado frente a la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor de Madrid. Cuentan que antes se había negado a entrar a la plaza por la calle de la Amargura (hoy Siete de Julio) porque no se sentía un condenado cualquiera, y había abrazado y besado al verdugo que después le cortaría a cuchillo la garganta. Tal fue su entereza que en el tiempo que duró el acto pasó de político corrupto a héroe popular. Incluso los poetas que habían cebado su sátira contra él cuando era poderoso, se rindieron a él tras su muerte.

"En la muerte de don Rodrigo Calderón" por Francisco de Quevedo y Villegas.

Tu vida fue envidiada de los ruines, 
tu muerte de los buenos fue invidiada; 
dejaste la desdicha acreditada, 
y empezaste tu dicha de tus fines. 

Del metal ronco fabricó clarines fama, 
entre los pregones disfrazada, 
y vida eterna, y muerte desdichada 
en un vilo tuvieron los confines. 

Nunca vio tu persona tan gallarda 
con tu guarda la plaza, como el día 
que por tu muerte su alabanza aguarda. 

Mejor guarda escogió tu valentía, 
pues que hizo tu ángel con su guarda
en la gloria lugar a tu agonía.   

 

domingo, 10 de octubre de 2010

Luis Candelas, el ladrón de Madrid

El bandido Luis Candelas, el ladrón guapo y moreno, nació en la calle del Calvario, que era antigua judería, y su padre, como el de Cristo, era carpintero y se llamaba José. Y, sin embargo, el chaval no salió profeta, aunque tenía el verbo y la estampa, y prefirió ser garduño de palanca y tomador del dos, que decían, donjuan, masón, capitán de rufianes y un poco conspirador. A Candelas le vendió un amigo (no ha trascendido por cuántas monedas) y rindió su vida audaz en el garrote, en la Puerta de Toledo y con el calvero lleno de mozas que le lloraron, bendiciendo a su país como Cristo bendijo a los hombres, que era mejor fin que la cruz para un gato madrileño del barrio de Lavapiés. Su vida no la predicaron los santos, ni falta que hizo, sino los rimadores parias de la Cofradía de Ciegos con sus romances bruscos y sus versos calzados a la fuerza. Los ciegos vendían historias al precio de la voluntad porque no tenían otra cosa con la que industriar, la Sala de Alcaldes de Casa y Corte mandaba un extracto de las causas célebres al Hermano Mayor de la Cofradía y éste encargaba a un lírico que las hiciese rapsodias para que sus afiliados las dijeran en la calle. Los ciegos, con su exhibición de truculencias, pasiones finadas a puñal y sacamantecas, fueron la larva de las gacetas de sucesos y los buenos tocaban la zanfonía y les ponían a los hechos matices de su cosecha. Goya pintó a uno con una guitarra, entreteniendo a los aguadores. La pintura, que se colgó en el dormitorio de los Príncipes de Asturias, se puede ver ahora en el Prado y su boceto, al aguafuerte, en la Biblioteca Nacional. El popular tenía el oído atento a los cuentos de bandoleros, los recogía del ciego y los convertía en copla. La de Luis Candelas la acabó cantando Concha Piquer: «Decidle al señor alcalde/ decidle al corregidor/ que yo por Luis Candelas/ me estoy muriendo de amor».

Que Luis Candelas fue ladrón es un hecho sin cuestión, pero no de birle canalla, de trompazo y corrienda en el callejón, sino de tajo fino y golpe audaz, de escalo, palanca y guante limpio, y su faca la llevó cerrada, con la virola al balcón de la faja para que se la viese comparecer y amansar, pero sin estrenarla de sangre porque nunca tuvo la necesidad de robar una vida. También llevó el lujo de la palabra, a la que nunca faltó, quitando las promesas a las damas, que no cuentan, porque son un recurso para enamorar y Dios no las apunta. Ni las damas, si llevan paseadas dos tardes, se las creen. Candelas se echó al robo por afición a la vida valiente, como se podía haber echado al redondel de la tauromaquia, porque no sufrió necesidad y tuvo entre manos la oportunidad de ganar el jornal en la administración. De niño comió a diario, y pasablemente, porque su padre tenía clientela en su ebanistería de la calle Calvario y llenaba el plato en casa con desahogo. Estudió en la escuela de San Isidro, en la calle de Toledo, aprendió las reglas y a leer pero salió contestón y le echaron porque un fraile de latín le arreó un bofetón y Luis Candelas se lo rebotó de vuelta con otro por el interés y allí truncó el bachiller, que lo hizo por libre en los descampados del Campillo de Vistillas, dándose pedradas con la golfería y haciéndose fama de bravo. En aquellas guerras de barrio hizo la cuadrilla que más tarde le acompañó en el jaque: Paco Villena, que le decían 'El Sastre', Mariano Balseiro, que fue su lugarteniente, Leandro Postigo, Luengo 'El Mañas' y los dos hermanos Cusó. En 1823, no obstante, emprendió vida honrada y encontró plaza de agente del fisco primero en Alicante y después en La Coruña y en Santander. Allí enamoró a una dama casada, recibió amonestación por el escándalo y presentó la dimisión. De vuelta en Madrid casó con Manuela Sánchez en 1827, que era mujer pudiente, y volvió a trabajar de ley como cobrador de contribuciones en Zamora, donde consiguió una hoja timbrada que acreditaba su buen comportamiento y una ración de aburrimiento.

Las malas compañías
Se hartó a los seis meses y una noche que nevaba, cerca de la Navidad, dejó el empleo y la mujer y se volvió a la capital, a los amigos viejos y a las amigas nuevas, y se hizo burlador de la ley. Como los padres habían muerto, con los reales de la venta de la carpintería puso casa en el 5 de la calle Tudescos, al lado de la taberna del Traganiños, que era cofradía del hampa, reunió a su antigua compadrada y se puso al birle. Por el día se portaba de señor, gastaba antiparras de concha y terciopelos y se hacía pasar por don Luis Álvarez de Cobos, un indiano que hizo la fortuna en el Perú, que andaba Madrid por arreglar haciendas y en amoríos con la Salvini, la primera cantante del teatro del Príncipe, y que frecuentaba los bailes y las tertulias de liberales, en las que se inició en la masonería que conspiraba contra Fernando VII, el rey ingrato. Por la noche don Luis se convertía en gato, se vestía de pana, se calzaba el calañés y daba el jaque con su cuadrilla.

Traicionado
Candelas no fue un choro del tres ni un bandido de vereda sino un brillante capitán de gente de garra. Una vez limpió una casa de usura de la calle Carretas que decían la Lonja del Genovés, y quien roba a un ladrón, y otra le birló una cartera al embajador de la Francia, monsieur Caulaincourt, y como no contenía más que papeles, se la devolvió como don Luis Alvarez de Cobos, que recibió, en agradecimiento, la Cruz del Mérito Agrícola. Al presbítero Juan Bautista Tárrega le robó cuatro mil reales, la sotana y una cubertería de plata y a la modista de la reina María Cristina, que era francesa y tenía la sastrería en la calle del Carmen, la dejó sin blanca y en enaguas. Al rey Fernando VII no le agachó la bolsa pero le levantó a una querida que le llamaban Lola la Naranjera y era hembra de trapío, dicen que hija de la famosa Tirabuzones, notable ramera que recibía en un lupanar con capilla. Si alguna vez tropezaba duraba poco en el brete y se escapó de la Cárcel de la Villa y de la del Saladero, del penal de Málaga y de una cuerda de presos que iba camino de Ceuta. Pero un día se enamoró, y de moza formal a la que no apetecía una vida de aventuras y guitarra, se llamaba Clara María y quería un hogar con brasero y chiquillos en el patio. Candelas reunió botín para ir colmado y apalabró un barco en Gijón para emigrar a Inglaterra, pero en el puerto Clara María rajó, le cogió miedo a la mar, y el bandido regresó a Madrid. Le prendieron por el camino, un amigo viejo le identificó y le cogieron en una venta en Olmedo. Esta vez resignó su suerte y le condenaron a morir. El 6 de noviembre de 1837 fue ajusticiado en la Puerta de Toledo. La noche anterior, en capilla, pidió un libro de Voltaire y se confesó de mala gana, más por llevar la tarea hecha. En el cadalso dirigió unas palabras al popular, les dijo que había sido un pecador pero que nunca mató a un semejante, dijo «sé feliz, patria mía» y el público lloró, le reparó al verdugo que llevaba un botón descosido y se pusieron al oficio. A Luis Candelas no le levantó estatua Madrid, que le erigió una al demonio en el parque del Retiro esculpida por Bellver, pero en 1949 el torero Félix Colomo Díaz, que también fue estraperlista, le puso su nombre a una taberna que aún abre bajo el Arco de Cuchilleros. 

Publicado el 09.10.10 por MARTÍN OLMOS en El Correo

Concha Piquer - Las coplas de Luis Candelas

lunes, 4 de octubre de 2010

El olvidado Autódromo Terramar

En el término municipal de Sant Pere de Ribes, junto a Sitges, se encuentra el autódromo Terramar, un trazado que tiene el honor de ser el primero permanente de España y el segundo de toda Europa, por lo que debería ser considerado una de las joyas del automovilismo español.

Vista Google Maps
Inaugurado en 1923 y construido en forma de óvalo, con una longitud por vuelta de dos kilómetros, el Terramar acogió el Grand Prix de España, su primer evento. Al concluir, los organizadores no pudieron pagar ningún premio a los vencedores debido a las deudas contraídas con la empresa constructora por lo que la AIACR (Association Internationale des Automobile Clubs Reconnus) sancionó al circuito con la prohibición de celebrar más carreras importantes. Esta sanción, la lejanía de Barcelona y el rápido aumento de potencia en los vehículos, quedándose pequeña la pista, propiciaron su declive hasta que en los años 50 su decadencia era ya irreversible.
 

Curva peraltada del Terramar
Hoy en día permanece en el olvido y completamente abandonado. Quizás algún día alguien se interese por este circuito y se pueda llevar a cabo un proyecto para rehabilitarlo como se merece.


Autodromo Terramar en imágenes - www.youtube.com

Una vuelta por el circuito - www.cochesmas.com


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