martes, 23 de noviembre de 2010

La orchilla. El tinte púrpura canario

Hubo una época en la que el color púrpura estaba relacionado con conceptos de distinción y poder pues tanto reyes como altos miembros del clero y la nobleza no sólo portaban capas púrpuras sino que tapizaban en sus palacios todo tipo de enseres (sillas, alfombras, cortinas, etc.) de este bello color.

Los fenicios, extraordinarios navegantes, fueron los primeros que lograron producir un tinte púrpura, llamado “púrpura getúlida”, cuya elaboración mantuvieron en secreto. Durante sus viajes siempre ocultaron la situación y características de los territorios colonizados más allá de las Columnas de Hércules, ya que de ello dependía el monopolio de su comercio y podemos pensar que establecieron pequeñas colonias en las Islas Canarias. Es atribuible a los fenicios el nombre por el que se conocieron estas islas en la Antigüedad, «Campos Elíseos», Islas de la Felicidad o Islas Afortunadas.

Imagen: www2.ac-lille.fr
Hoy sabemos que los fenicios obtenían el tinte púrpura a partir de una secreción mucosa de color amarillento que poseen ciertos moluscos de los géneros Murex y Purpura muy comunes en el Mediterráneo pero escasos en las Islas Canarias por lo que tuvieron que buscar otro elemento productor de un tinte púrpura: la orchilla. La orchilla o roccella canariensis es un liquen de color negro con manchas blancas que crece en las rocas en acantilados costeros gracias a la humedad atmosférica y al salitre marino. Tarda unos 6 años en llegar a su estado adulto y hay unas 13 especies en las islas.

La elaboración del tinte requiere un proceso químico bastante complejo. El liquen una vez seco y convertido en polvo se mezcla con orines (por su contenido en amoniaco) y después con cal. Esta mezcla se remueve cada dos horas durante tres días manteniendo el recipiente tapado. La pasta resultante cogerá un color rojo a los ocho días, lo que es señal de que ya puede ser utilizado como tinte.

La importancia de esta planta en las Islas Canarias, que llegaron a conocerse como Islas Purpúreas, se reactivó después de la conquista de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro por el caballero normando Jean de Béthencourt quien vendía la orchilla en Florencia a precios muy ventajosos haciendo de ésta un negocio muy rentable. A partir de entonces y hasta el siglo XVIII se intensificó el comercio de la orchilla llegando a ser el tercer producto de exportación del archipiélago agotando gran parte de esta comunidad liquénica. Esta escasez unida a otros factores como la aparición de otras plantas tintóreas o la exportación de la orchilla en Perú y Chile a precios más bajos acabaron a principios del siglo XIX con el auge de este negocio.

Faro de Punta Orchilla - El Hierro (Islas Canarias) www.panoramio.com  
Fuentes:  

lunes, 15 de noviembre de 2010

El bandido tragabuches

Texto e ilustración publicados el 14.11.10 por Martín Olmos en elcorreo.com

Mediando una apuesta de las que se cruzan cuando se han bajado los dos o tres pellejos de pitarra, un paisano de Arcos de la Frontera perdió una bolsa de reales por menospreciar el estómago de un gitano, que, como todo el mundo sabe, lo diseñó Dios sin costuras. Del que palmó no ha quedado el nombre, ni si le hizo gracia perder (que es de suponer que ni pizca), el gitano era el maestro Ulloa, chalán de caballerías y padre del futuro bandolero, que se embolsó la plata por merendarse la cría de un asno en adobo, desde la crin del rabo hasta el hocico, arreos aparte, mojándolo con un azumbre de vino de pelea. Además de los parneses, aquella tarde de hazaña, el gitano Ulloa se ganó también el nombre de Tragabuches, porque en las riberas del Guadalete le dicen buche al pollino, y el apodo se quedó en la familia y lo heredó, a falta de otros posibles, su hijo José, que nació en 1781. No se sabe si heredó también el apetito vigoroso del padre (no se le conoció ninguna gesta de Pantagruel y parece que gastó el tragar decente pero no ciclópeo) pero sí la responsabilidad de llevar el apellido Ulloa con decoro porque era de castellano nuevo -el original paterno era Balcázar- y la familia lo había abrazado cuando el niño tenía tres años al acogerse a la Pragmática promulgada por Carlos III en 1783 que permitía a los gitanos elegir un nombre y ser ciudadanos de derecho a condición de renunciar al idioma caló, a la vida nómada de oso y carretera y a decir la buenaventura en los recodos de los jardines moros, es decir, a condición de renunciar a ser gitanos.

En cualquier caso nació José zaíno y ojinegro, y con el alias ganado, en Arcos, en la provincia de Cádiz, pero le hicieron la crianza en Ronda, en donde le apadrinó Bartolomé Romero, de la estirpe de los toreros rondeños que había fundado don Francisco Romero y Acevedo, inventor de la lidia a pie. Viendo el hombre que al muchacho le iba más el albero y la chaquetilla de alamares que el catón y las cuentas le metió en la escuela de tauromaquia de la Real Maestranza de Caballería y le recomendó al maestro Pedro Romero, que le enseñó un toreo severo y formal, sin jolgorios para el tendido, un toreo de faenar con seriedad y calma. A los veinte años empezó de banderillero en la cuadrilla de Gaspar Romero y en seguida llegó a sobresaliente y a ganar duros con el arte, y en 1802 tomó la alternativa en la plaza de Salamanca. Ya de matador se hizo gitano pinturero, invitador de mesón y aficionado al cigarro colonial y a las chaquetillas con adornos de barbotina y caireles y se amancebó con María, la Nena, la hembra más guapa de Ronda, que además era flamenca y cantaora. A José no le faltaban los duros para convidar porque los que no ganaba en la plaza los conseguía en el contrabando de paños de Gibraltar que La Nena chalaneaba con las comadres. La vida le iba rodada al gitano Tragabuches, con tardes de claveles en la arena y noches de guitarra y venencia en el bodegón, pero la fortuna, que decide el porvenir de los hombres, juega con naipes sin marcar y lo mismo levanta un rey de oros que el as de palos y a José Ulloa le salió la yegua tropezona, la mujer puta y la navaja madrugadora, y con esa timba se tuvo que quitar de la mesa y coger el monte bandolero. Los rasgaos de la guitarra cantan, en las noches de fogata, por jornadas que amanecieron torcidas y pusieron a hombres buenos a la merced del camino.

Un tropiezo en el camino
El día que al Tragabuches le cambió la suerte se despertó pintando de gloria, era primavera de 1814 y Ulloa tenía contrato para torear un mano a mano con su compadre Pachón en una de las tres corridas que se iban a celebrar en Málaga para festejar el regreso a España del rey Fernando VII. A la buena mañana ensilló su yegua, que era castaña parveña, se cruzó al hombro la manta serrana y cinchó en la alforja los trastos de matar, se calzó calañés y polaina de becerro y salió de Ronda con la rienda larga para rendir más rápido el viaje. Cabalgadas dos leguas la montura se encabritó y se puso de manos y el jinete dio con el lomo en el camino y se mancó el brazo izquierdo. A duras penas subió de nuevo a la silla y se le quitaron las ganas de torear, volvió grupas y regresó a Ronda.

Se sabe por San Pablo que caerse de un caballo cambia la idiosincrasia, pero llegar a casa antes de tiempo y sin avisar acarrea consecuencias imprevisibles y es más conveniente anunciarle a la parienta que se llega antes para que el barragán se escape por la ventana y que todos duerman tranquilos. El Tragabuches entró en su casa sin llamar, iba buscando consuelo y se encontró a la Nena nerviosa, la cama revuelta y al sacristán escondido. Dentro de una tinaja en la que guardaban el agua de beber se ocultaba el acólito de la parroquia, un chaval que le decían Pepe el Listillo, que hacía los oficios de la misa, el honor al apellido y confesiones a domicilio, a lo que parece. Ulloa le sacó del flequillo, con el calzón a medio poner, y le rebanó la corbata con una navaja de cachicuerna y hoja de rejón. Después, con el brazo bueno, tiró a María la Nena por el balcón y la mujer murió en el acto al abrirse la cabeza contra el empedrado de la calle. Cogió el gitano pan duro y tasajo, para el viaje, dos escopetas de cazar y una camisa limpia y bajó a ordenar la ropa del cadáver de su mujer para que el vecindario no le viese los cueros, le besó la frente fría y se echó a la sierra, a robar, para que no le diesen horca.

Los Siete Niños de Écija no eran siete, que a veces fueron el medio centenar, solo cuatro eran de Écija y no eran niños porque ya tallaban ropa de hombre, empezaron de guerrilleros contra el francés y derivaron en el bandolerismo de camino. Desde 1812 hasta 1818 dominaron la carretera entre Córdoba y Sevilla y eran generosos de pólvora y escarmiento de puñal, dejaban muertos en la vereda y no se paraban en chicas. Su primer capitán con cartel fue Pablo Aroca el Ojitos y el Tragabuches se juntó a su cuadrilla recién subido a la sierra. El gitano sabía sacarle los quejidos a la guitarra y dicen que cantaba en la cueva una copla que decía: «Una mujer fue la causa/ de mi perdición primera./ No hay ningún mal de los hombres/ que de mujeres no venga». Los escopeteros del rey acabaron con la cuadrilla en 1818 y los que quedaron con vida aseguraron que el gitano Tragabuches era el más sanguinario de la banda, y sin embargo, nunca fue detenido y su rastro se perdió con el viento de la sierra. Su entrada en 'Los Toros' de Cossío la escribió Miguel Hernández pero su final, por misterioso, se puede novelar con desparpajo e inventarle una huida a Las Indias, una mujer en Portugal o una muerte, de tantas, en una riña de mesón, una noche de vinazo y zapateado. 

Tema extraído de la poesía 
"Diligencia de Carmona" de Fernando Villalón 
donde se nombra a Tragabuches.
 

domingo, 14 de noviembre de 2010

El silbo gomero

Cultivo en terrazas de La Gomera
Cuando los primeros conquistadores europeos llegaron a La Gomera en el siglo XV, sus habitantes, limitados por la accidentada orografía de la isla, ya utilizaban para comunicarse entre sí un método inusual que ha pervivido hasta nuestros días. Este lenguaje silbado reprodujo la lengua de los aborígenes hasta que la castellanización de la isla hizo que, en lugar de desaparecer, se adaptase al castellano para el mismo fin: la comunicación a distancia.

El silbo gomero se convirtió, hasta la primera mitad del siglo XX, en el lenguaje utilizado habitualmente, también en otras islas del archipiélago, para transmitirse órdenes, enviar noticias de una población a otra, para convocar a la población dispersa o para comunicar la desaparición o el fallecimiento de una persona; en fin, para todo lo relacionado con la vida cotidiana y otro sucesos excepcionales.

La segunda mitad del siglo XX trajo consigo una profunda depresión económica lo que unido a otros factores como la aparición de modernos medios de comunicación y el cambio en los modos de vida tradicionales motivó la decadencia de su uso. A finales de los años ochenta esta situación de abandono cambió y empezó a promoverse desde instancias oficiales la uilización de este sistema de comunicación.

En 1998 se aprobó en el Parlamento de Canarias una proposición que instaba al Gobierno de Canarias a que incluyera el silbo de La Gomera en el sistema educativo de la isla gracias a la  cual se convirtió en una asignatura más de los colegios de enseñanza Primaria y Secundaria Obligatoria.  

El Silbo Gomero poseedor de un valor excepcional como simbolo de la cultura popular de La Gomera fue declarado el año pasado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Esta distinción junto con las medidas de revitalización adoptadas por el Gobierno de Canarias serán fundamentales para preservar la continuidad de su implantación en la sociedad del siglo XXI.



+ Información: www.silbogomero.com.es

lunes, 8 de noviembre de 2010

A cascarla a Ampuero

Hospital de Basurto
Publicado el 25.10.10 por Jon Uriarte en www.elcorreo.com

El legendario jugador del Athletic Pichichi, es famoso por cuatro cosas. Por ser uno de los primeros goleadores de la historia, llevar un pañuelo de cuatro puntas sobre la cabeza, marcar el primer gol rojiblanco en San Mamés y por la forma en que murió. Víctima de una intoxicación de ostras. No podía ser de otra forma. De ahí que no sea raro escuchar, «de morir, como Pichichi». Es uno de los mensajes que llevo recibiendo desde que publicamos aquí el artículo 'El idioma del botxo'. Son lectores que me animan a que escriba una segunda parte dedicada a los dichos y refranes de la villa. Y he de decir que me han ayudado a recopilar algunos como, «De Zorroza cañeros y de Deusto tomateros». Quien más quien menos sabe que los deustoarras lucían hermosas huertas con tomates. Pero lo de Zorroza… El último cólera que azotó Bilbao tuvo poca incidencia en este barrio. Dicen que se debió a que bebían mucha caña procedente de los barcos que arribaban a su puerto. En la esquina de la calle Pelota con Santa María hay una estrella en el suelo que marca el único punto de la Siete Calles desde el que se puede ver la aguja de la Basílica de la Virgen de Begoña. De ahí que, «Te voy a poner mirando a Begoña» sea una amenaza que significa que te van a dar tal sopapo que, estés donde estés, vas a ver Begoña… y las estrellas. Fuera del botxo, encontramos otros como «Tengo más hambre que los patos de Conde». Parece que en Sodupe había cierto paisano que no se caracterizaba por llenar el estómago de sus ánades. En el Gran Premio de Primavera de Amorebieta, un vecino llamado Putxades, se apostaba en el alto de Autzagane. Cuando veía que se acercaban los ciclistas, bajaba hasta la localidad y cruzaba la meta. Los zornotzarras sabían que eso significaba que los verdaderos corredores estaban a punto de llegar. De ahí que, si se les hace tarde, digan eso de «Vamos, que llega Putxades». Pero volvamos a Bilbao.

«Te van a pagar en chapas de la balco». La Balcock Wilcox, empresa de Trapagaran, pagaba parte del sueldo en chapas que se podían emplear en la cantina de la compañía. Pero, fuera de allí, carecían de valor. «Tienes más jeta que Pitarque» ha sido siempre una forma de referirse a alguien que, siendo gorrón, luce gracia y arte. Fue Pitarque un paisano que, por armas, llevaba buen traje y mejor jeta. Y por víctimas, todo aquel que organizara un banquete, en especial, si pertenecía a la oligarquía de Bilbao y Neguri. No había boda en la que no se colara. De hecho, el acontecimiento perdía caché si no se presentaba. Cuentan que un comensal intentó hacer una gracia a costa de él. Tras el caldo de turno, sirvieron pollo. Y entonces, el gracioso exclamó -¡Lo que hagas con ese pollo, lo haré yo contigo por gorrón!-. Pitarque lo miró y ante la atenta mirada del respetable levantó su dedo meñique y lo introdujo en el culo del pollo. Imaginen las risas de los invitados y la cara del chistoso. Dicen que, hospitalizado, y ya en las últimas, al ser preguntado por su profesión, respondió, «cañonero». Y desde luego, cañones dejaba.

«¿Trabajas en Iberduero o qué?». Que levante el dedo quien no lo haya escuchado al dejarse una luz encendida. O «Ese no la mete ni por el arco de San Mames». La de jugadores que han sufrido esta sentencia. Y la más curiosa: «A cascarla, a Ampuero». Toda la vida pensando que tenía que ver con la localidad cántabra y resulta que la respuesta estaba más cerca. A finales del XIX, el Dr. Areilza promovió la construcción del Hospital de Basurto. Las aportaciones llegaron de familias como los Allende, Iturrizar…Y cada pabellón se dedicó a una especialidad. Salvo el Ampuero. En él ingresaban a los desahuciados. Vamos que, si entrabas, tenías todos los boletos para no salir. Pero de cascarla hablaremos el próximo lunes, que por algo es el día.

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