martes, 21 de diciembre de 2010

El timbaler del Bruc

En 1808, con España levantada en armas contra el invasor francés, se fraguaron algunos de los grandes hitos de la historia militar española. Uno de ellos está relacionado con una leyenda muy arraigada en Cataluña: el timbaler del Bruc.

Tras el 2 de mayo de 1808, la rebelión de los madrileños se difunde por todo el país y es vista como un ejemplo a imitar por la población que se organiza en movimientos populares.  

El 6 de junio, con el objetivo de ocupar Manresa e Igualada, unos 3.800 soldados franceses marchan sin encontrar resistencia, comandados por el general Schwartz, llegando a la altura de El Bruc donde son atacados por la ejército español (contaba con combatientes suizos y somatenes catalanes) que aún estando en inferioridad numérica consigue la victoria pasando a considerarse la batalla del Bruc como la primera derrota de las tropas napoleónicas.

Cuenta la leyenda que un joven de nombre Isidre Llussá i Casanoves, nacido en Santpedor, se puso al frente de la resistencia ayudado únicamente por un tambor, instrumento que solía usar en las procesiones de Semana Santa. El eco del sonido del tambor al chocar con las paredes de Montserrat hizo creer a los franceses que el número de soldados españoles era muy superior al que realmente había.

Días después tuvo lugar la segunda batalla del Bruc, donde las fuerzas francesas volvieron a toparse con la resistencia española. Esta nueva derrota acabó por enterrar el mito de la invencibilidad del ejército napoleónico. El pueblo del Bruc revive, cada año, con intensidad y con emoción esta fiesta, donde se reproducen con todos sus elementos estos sucesos que pasaron a la historia tanto de El Bruc como de todo el país.

Mañana se estrena un film protagonizado por Juan José Ballesta y dirigido por Daniel Benmayor cuya trama se desarrolla partiendo de estos hechos. Esperemos que no sea otra deshonrosa muestra del cine patrio y esté a la altura de esta leyenda.

Tráiler de Bruc, el desafío - www.youtube.com


viernes, 10 de diciembre de 2010

El decálogo del txikitero

Imagen: txikito.es
Publicado el 11.10.10 por Jon Uriarte en su sección Bilbainos con diptongo de El Correo.

No son raza ni especie. Pero son nuestros y están en vías de extinción: los txikiteros. Dícese de ese grupo de personas que, en cierto rincón de la vieja Europa, recorren bares y tabernas de vino en vino. Hoy, como cada 11 de octubre, tienen una cita con la amatxu de Begoña. Hay dos ramas. Los que cantan siempre y los que cantan a veces. Los primeros han pasado al imaginario compartido. Los segundos pasean aún por nuestras calles. Y ambos conforman un mundo de claroscuros. Hablemos pues de lo bueno y de lo malo. Para empezar, el txikitero solo bebe vino. Lo que le diferencia de ese otro grupo llamado cuadrilla. Nunca come. Aunque le inviten. Eso sí, beber, bebe. Pero como sin ganas. No se le verá emocionado ante un vino. Es una excusa para hacer senderismo tabernero. Por eso exigen que sea el de poteo. Reservas, jamás. Los puristas rechazan hasta el cosechero. En cuanto al vaso, ya casi ha desaparecido el creado 'ad hoc'. El Jennifer López de los vasos. Un hermoso culo que dejaba un escueto espacio para el vino. El justo y necesario, por otro lado. Nunca fue el txikitero amigo de tragos largos, sino de uno corto y solitario. El adecuado para poner punto y aparte y cambiar de parroquia.

Hablemos ahora de sus componentes. En un grupo clásico, de cuatro a ocho. Pero no hay norma escrita, ni ley sagrada. Y si entrar no es fácil, salir es más difícil. La ley txikitera dice que, el que se incorpora, paga. Y luego se sigue la ronda. Las tertulias tratarán sobre el botxo, el pueblo de turno, la gastronomía, el tiempo o el Athletic. Prohibidas, política y religión. Los chistes, sobre todo los verdes, en voz baja. Las carcajadas, altas y abiertas. Y los cánticos, cerrados. Puedes reír con ellos, pero no les chafes el tono.

El txikitero opinará de cualquier tema aunque no tenga ni idea, algo muy de Bilbao, pero jamás sobre intimidades. Se han dado casos de txikiteros que 50 años después desconocen el estado civil del resto. Discreción ante todo. Acudirán siempre solos, tengan o no pareja. Algunos, son grupos de chicos viejos. Conocí uno al que llamaban 'El tren de la esperanza'. Cada cierto tiempo perdía un vagón que había encontrado estación. El resto seguía su recorrido diario a la espera de posibles paradas.

En cuanto a dosis y horarios, tenemos dos grupos. De Primera y de Champions. Llamaremos de Primera a los que quedan a eso de las siete y se retiran hacia las diez. Total de potes: de 25 a 30. Y luego están los de Champions. Que salen, además, durante lo que llaman mediodía. Periodo comprendido entre la una y las tres. Total, sumadas ambas salidas, de 40 a 50 potes. Pero se han dado casos de entre 70 y 80 al día. Lo que nos lleva a uno de los puntos oscuros. Alcoholismo, enfermedades y muerte por exceso de combustible. Son muchas las familias que lo han sufrido. De ahí que la imagen del txikitero a más de uno y, sobre todo, de una le produzca inquietud y tristeza, cuando no disgusto o enfado.

Por fortuna, hoy en día llevan usos y ritmos más taimados. Algo que agradecerán también sus bolsillos. Podrá subir un euro el café o cinco el cubata. Pero que a nadie se le ocurra subir un céntimo el pote. Si en vez de sindicatos se sentaran en la mesa los txikiteros, patronal y gobierno sudarían la gota gorda.

Vivimos la era de lo políticamente correcto. Todo debe tener lógica y sentido. Quizá deba ser así. Pero quienes pertenecemos a la generación que cambió usos y costumbres, cortando al hacerlo cordones umbilicales ancestrales, les debemos un gesto cómplice. O, al menos, un respeto. No en vano, estamos hablando de nuestros txikiteros. Bilbainos con solera y diptongo. Paisanos de pro que llevan con orgullo, entre la ría y el cielo, la banda sonora de nuestra villa.


+ Información: El txikito y el txikiteo como expresiones de la cultura tradicional

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El Tigre de Deusto

Imagen: www.byco.es
El bilbaíno barrio de Deusto posee uno de los edificios más emblemáticos de la villa. Construido en 1941, fue destinado a albergar la fábrica, oficinas y local de exposición de la empresa de correas de transmisión "el Tigre" y está coronado, como no, por un felino de 9 metros de longitud que fue esculpido 2 años más tarde por el arquitecto Joaquín de Lucarini.

La escultura fue encargada por Miguel Mendizabal, propietario de este edificio convertido hoy en viviendas, para asegurar que sus correas eran potentes y resistían cualquier imprevisto. Hay quien también sostiene que el dueño tuvo algún encontronazo con la burguesía local y se vengó coronando su fábrica con una fiera que ruge día y noche.

Imagen: www.gurebilbao.com

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