lunes, 21 de marzo de 2011

Goiuri, la cascada legendaria

Cuenta la leyenda que en Goiuri/Gujuli vivía, a orillas del río Oiardo, una coqueta lamia que se pasaba el día acicalándose ante un espejo mágico, que le otorgaba todo cuanto le pedía. Pero un pastor de la zona llamado Urjauzi ('cascada') observó a la náyade, quedó fascinado por los poderes del espejo y en un descuido se lo robó. El zagal malbarató el objeto de su hurto pidiéndole caprichos y extravagancias, hasta que un día la lamia le descubrió bajo un haya a la vera del río. «¿Cómo te llamas?», le preguntó. «Urjauzi», contestó el pastor, y en ese mismo instante se convirtió en la cascada que domina el pueblo.

Evidentemente, la explicación geológica de esta sensacional cascada no es tan romántica. Miles de años ha tardado el Oiardo, un modesto afluente del Altube que a su vez desemboca en el Nervión, en horadar el precipicio de cien metros en el que sus aguas se abisman de forma espectacular. 

Fuente: el correo.com

martes, 15 de marzo de 2011

Stanislav Petrov, el héroe que salvó al mundo

Stanislav Petrov en la actualidad.
El 25 de septiembre de 1983 pudo ser el día del fin de la vida en la Tierra. La Guerra Fría estaba en su máximo apogeo y la tensión entre EEUU y la URSS era si cabe aun más grande, tras el derribo de un avión civil surcoreano por parte de cazas soviéticos, con algunos americanos a bordo, y con un balance de 269 muertos. En ese contexto, Stanislav Petrov, teniente coronel de la Fuerza de misiles estratégico del Ejercito ruso, se encontraba al mando del bunker Serpukhov-15 en Moscu, desde donde se monitorizaban los cielos soviéticos.

El protocolo indicaba que sí se registraba una amenaza en forma de misil nuclear hacia posiciones de la URSS, el oficial al mando debía inmediatamente ordenar un primer contraataque contra suelo americano e informar a las autoridades. Esa noche se hizo realidad. El ordenador captó lo que identificó como un misil militar lanzado desde EEUU con dirección a Moscú. Petrov estaba sustituyendo a un compañero esa noche, pero tuvo que hacer frente al incidente.

A pesar de la alarma que se apoderó del bunker, su primera reacción fue de escepticismo. Si Estados Unidos decidía lanzar un ataque, era poco probable que lo hiciera con un solo misil y dando la oportunidad al enemigo de responder. Podía ser un error informático, -el radar ya había fallado antes- así que ordenó suspender la alarma que hubiera lanzado el contraataque y esperar. Pero minutos después, el ordenador informó de un segundo misil, luego de un tercero, un cuarto y un quinto.

Petrov seguía teniendo dudas, pero la presión para que respondiera alcanzó límites extremos. Podía elegir entre seguir su instinto que le indicaba que se trataba de un error, asumiendo que si se equivocaba podían morir miles de rusos en su propio país, o lanzar la respuesta nuclear hacia suelo americano que ordenaba el protocolo estratégico. Optó por lo primero, y cuando pasaron los minutos y fue evidente que había tenido razón, se dieron cuenta de que posiblemente habían evitado la tercera guerra mundial y un posible holocausto nuclear.

La investigación reveló que el error se debió a un rarísimo alineamiento de rayos solares y nubes que los ordenadores interpretaron como un misil. Petrov sin saberlo había salvado al mundo, pero para sus superiores militares había desobedecido el protocolo de seguridad poniendo en riesgo a sus compatriotas. Además había dejado en mal lugar al sistema. Así que le jubilaron anticipadamente dejándolo con una pensión de 200 dólares al mes y mantuvieron el incidente en secreto hasta 1998.

Años después cuando por fin se conoció la historia, Stanislav Petrov recibió reconocimientos y homenajes incluso de la ONU. Aunque algunos documentos rusos aseguran que nunca un solo hombre podía haber lanzado los misiles, la mayoría de expertos en la Guerra Fría considera que el incidente de septiembre de 1983, por el contexto del momento, el paroxismo existente y los detalles de la situación, fue el instante en el que el mundo estuvo más cerca que nunca de la guerra nuclear. Sin embargo un hombre, Petrov, evito el holocausto nuclear que probablemente hubiera acabado con la vida en este planeta. Muchos lo consideran el héroe más grande de la historia, o por lo menos el mayor héroe de la historia moderna.

El incidente se conoce con el nombre de Equinoccio de Otoño, y tuvo lugar el 26 de septiembre de 1983 en Rusia. Al ser preguntado por que no había dado la alerta, Petrov contesto "La gente no empieza una guerra nuclear con solo cinco misiles". 

sábado, 5 de marzo de 2011

El euskera, la llave de Guadalcanal

Tras la humillación de Pearl Harbor (diciembre de 1941), Estados Unidos debía recuperar la supremacía en el mar. Las transmisiones eran la clave y para eso echaron mano de idiomas que se hablaban en el seno de sus multirraciales tropas.

Transmisiones
El catedrático y escritor Daniel Arasa retrata en su libro Los españoles en la guerra del Pacífico cómo el mexicano hijo de vizcaínos Ernesto Carranza, teniente coronel del Ejército norteamericano, propuso y consiguió que se usara el euskera como idioma para las transmisiones y evitar así que los japoneses, al desconocerlo, pudieran entenderlo ni decodificarlo.

La idea de emplear el lenguaje paterno surgió en el cuartel de transmisiones de San Francisco, adonde en mayo de 1942 llegaron miles de reclutas entre los que se encontraban alrededor de 60 hijos de vascos que hablaban mal el castellano, tenían un regular inglés pero un buen euskera.

Después de varias pruebas se comprobó que los japoneses no entendían los mensajes por lo que se empleó cada idioma un día distinto de la semana con la intención de despistar al enemigo. El reparto que se realizó fue: lunes, euskera; martes, oswego, miércoles, iroqués; jueves shaishai; viernes, euskera; sábado, clave 2x2, domingo oswego. Primero se empleó para los convoys de carga que navegaban por el Pacífico evitando a los aviones y submarinos del imperio del sol naciente que tras Pearl Harbor dominaban el mar. Vista su efectividad, se siguió usando para el desembarco en Guadalcanal.
Fuente: guerramundial.info
El desembarco
Las órdenes eran redactadas en inglés pero posteriormente se traducían al euskera para transmitirlas al jefe de la flota, el almirante Chester Nimitz, y al resto de almirantes, Fleicher, Noyes, Turner y John Mc Cain (abuelo del que fuera rival de Obama en las últimas elecciones a presidente de Estados Unidos).

La primera orden concreta para el asalto se remitió el 1 de agosto de 1942, "Egon arretaz, X egunari" (atención al día X); ese día elegido era el 7 de agosto. A ésta le siguieron otras como "Gudari-talde asko 100.000" (las tropas japonesas ascienden a 100.000 hombres -cifra que luego se demostró ser muy exagerada-), "lurrepaira idarrepairaindartsuak" (poseen fuertes trincheras y fortificaciones) o "aurreta zuhaitzairi" (atención a las copas de los árboles). 

Pero el mensaje más relevante se emitió a las 2.30 de la madrugada de ese 7 de agosto de 1942, "Sagarra eragintza zazpi" (la operación manzana comenzará a las siete). Tras recibir estas palabras en euskera, miles de marines norteamericanos fueron desembarcados en la isla Tulagi y en Guadalcanal (Filipinas). Era la madrugada del 7 de agosto de 1942 y bajo un calor húmedo y sofocante comenzaba una de las batallas más sangrientas del Pacífico y que, a la postre, sería fundamental para reestablecer el dominio de Estados Unidos. Fue la primera victoria importante por parte de las fuerzas combinadas de los Aliados en el Pacífico además de un punto de inflexión, pasando de posiciones defensivas a ofensivas.

El diario Deia en abril de 1979, tras la muerte de Carranza, publicó un artículo sobre este teniente coronel en el que se explicaba que los primeros marines que desembarcaron en las playas de Tulagi fueron descendientes de vascos y de andaluces. Según explicaba, esta decisión se debía a que el comandante Francis Fletcher (que había sido agregado naval en España entre 1933 y 1936), propuso que dado el origen español de las islas Filipinas (a las que pertenecía Guadalcanal) "sería interesante que fueran las tropas de origen ibérico quienes asaltaran en primer lugar las tropas del desembarco". Al frente de ellos se encontraba Ernesto Carranza que explicó que de los 200 que tenía a sus órdenes, alrededor de 110 eran vascos y el resto andaluces.

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